EL INVERSOR INTELIGENTE
parecía que Yale había renunciado a su antiguamente famosa fórmula, y en 1969 tenía el 61 % de su cartera en acciones( incluidos algunos valores convertibles).( En aquel momento los fondos de donaciones de 71 de estas instituciones, que ascendían a 7.600 millones de dólares, tenían el 60,3 % en acciones). El ejemplo de Yale ilustra el efecto casi letal que tuvo la gran subida de mercado sobre el antiguamente tradicional método de fórmula para invertir. No obstante, estamos convencidos de que nuestra versión de 50-50 de ese método resulta muy adecuada para el inversor defensivo. Es extraordinariamente sencilla; se orienta de manera prácticamente incuestionable en la dirección correcta; ofrece a la persona que la aplica la sensación de que por lo menos está adoptando ciertas medidas como reacción a la evolución del mercado; y lo que es más importante de todo, impedirá que se incline más y más hacia las acciones a medida que el mercado ascienda hasta niveles cada vez más peligrosos.
Por otra parte, un inversor de naturaleza realmente conservadora se quedará satisfecho con las ganancias que consiga con una mitad de su cartera en un mercado al alza, mientras que en una época de graves bajas disfrutará de gran alivio al reflexionar sobre el hecho de que está en muchas mejores condiciones que muchos de sus amigos más osados.
Aunque la división 50-50 que proponemos es indudablemente el « programa multiuso » más sencillo que se puede idear, cabe la posibilidad de que no sea el que mejores resultados obtenga.( Por supuesto, no es posible proponer ningún método, ni mecánico ni de otra naturaleza, afirmando que va a funcionar mejor que otro). La rentabilidad muy superior que ofrecen en la actualidad las buenas obligaciones en comparación con la de las correspondientes acciones es un argumento muy elocuente para incrementar el componente de las obligaciones. La decisión que adopte el inversor respecto al reparto al 50 % entre acciones y obligaciones o su opción por una proporción inferior en acciones bien puede basarse principalmente en su temperamento y actitud. Si es capaz de actuar con sangre fría, ponderando las probabilidades, es posible que en el momento actual le convenga inclinarse por reducir el componente de acciones hasta el 25 %, con la idea de esperar hasta que el rendimiento por dividendo del DJIA llegue a ser, por ejemplo, dos tercios del rendimiento de las obligaciones, momento en el cual debería recuperar el reparto a partes iguales entre obligaciones y acciones. Si se toma como punto de partida el nivel 900 del DJIA y un nivel de dividendos de 36 dólares sobre la unidad, sería necesario que la rentabilidad de las obligaciones sujetas a tributación se redujese del 7,5 % hasta aproximadamente el 5,5 %, sin que se produjese ningún cambio en la rentabilidad presente de las acciones de máxima categoría, o que se produjese una gran retracción del DJIA hasta niveles del orden del 660, sin que tuviese lugar una reducción de la
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