EL INVERSOR INTELIGENTE
Llegado este momento, Graham plantearía una sencilla pregunta:
Teniendo en cuenta los calamitosos errores cometidos por los «expertos» la
última vez que se pusieron de acuerdo en algo, ¿por qué rayos deberían
creerles ahora los inversores inteligentes?
¿Y ahora qué?
En cambio, dejemos a un lado las distorsiones y pensemos en la
rentabilidad futura de la forma en que lo haría Graham. El rendimiento del
mercado de valores depende de tres factores:
Crecimiento real (el incremento de las ganancias y dividendos de
las empresas).
Crecimiento inflacionario (el aumento general de los precios en
toda la economía).
Crecimiento (o decrecimiento) especulativo (cualquier aumento o
reducción del apetito de acciones del público inversionista).
A largo plazo, el crecimiento anual de los beneficios empresariales
por acción ha alcanzado una media del 1,5% al 2% (sin contar la
inflación).* A principios de 2003, la inflación rondaba el 2,4% anual; el
rendimiento por dividendo de las acciones era del 1,9%. Por lo tanto:
A largo plazo, eso significa que cabe razonablemente esperar que las
acciones alcancen un promedio de aproximadamente el 6% de rentabilidad
(o el 4% después de la inflación). Si el público inversor vuelve a actuar de
manera avariciosa y vuelve a poner en órbita las acciones una vez más, esa
fiebre especulativa hará que aumenten los rendimientos temporalmente. En
caso de que, al contrario los inversores actúen temerosamente, al igual que
hicieron en las décadas de 1930 Y 1970, los rendimientos de las acciones
serán temporalmente menores. (Ése es el punto en el que nos encontramos
en el año 2003).
Robert Shiller, un profesor de finanzas de la Universidad de Yale,
afirma que Graham inspiró su método de valoración: Shiller compara el
precio del índice de valores Standard & Poor's 500 con los beneficios
*
Véase Jererny Siegel, Stocks for the Long Run (McGraw-Hill, 2(02), p. 94, YRobertAmott y William Bernstein,
«The Two Percent Dilution», documento de trabajo, julio de 2002.
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