Cuerpos racializados
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diferenciados, implican unas necesarias correspondencias con
unas habilidades intelectuales, cualidades morales y características
comportamentales determinadas. Con las articulaciones del
racismo científico a finales del siglo XIX y principios del XX,
esta imaginación adquiere los diferentes lenguajes y el efecto de
verdad derivado de la autoridad de la ciencia de la época.
En las versiones del racismo científico europeo y estadounidense,
nociones vagas de lo heredado se fijan como herencia biológica
(López Beltrán 2004), al igual que ideas generales de la
comunalidades de ‘sangre’ que desde siglos atrás incluían aspectos
religiosos, sociales y culturales se decantan como genética
(Stocking 1994). En América Latina, sin embargo, como lo ha
argumentado Marisol de la Cadena (2005, 2007), la marcación
racial de los cuerpos ha recurrido a menudo a dimensiones
educativas o culturales más que a las estrictamente ‘biológicas’
para establecer distinciones y jerarquizaciones naturalizadas.
El que la existencia de la raza haya sido cuestionada por las
ciencias biológicas y genéticas no significa que en los diversos
imaginarios y prácticas sociales los cuerpos no continúen siendo
percibidos y discriminados racialmente. La imaginación racial
ha precedido y se ha mantenido más allá de sus articulaciones en
el racismo científico, el cual tuvo su expresión paradigmática en
los movimientos eugenésicos en las primeras décadas del siglo
XX. Gústenos o no, las