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Intervenciones en teoría cultural
Ahora bien, los cuerpos no son una tabula rasa a la que se agregarían,
por voluntad individual o por trazos históricos y situacionales,
una serie de marcadores de los cuales pueden ser disociados,
sino que estos marcadores literalmente constituyen los cuerpos.
No existe algo así como cuerpos al margen e independientemente
del entramado de prácticas significantes y de las tecnologías de
inscripción que los han constituido, lo que no significa que los
cuerpos se reduzcan a tales prácticas y tecnologías.
La racialización se puede considerar como una particular
marcación constitutiva de los cuerpos. Una marcación que se
deriva del sistema colonial europeo donde determinados rasgos
corporalizados fueron adquiriendo central significancia en la
constitución de ciertas diferencias y jerarquías entre los seres
humanos (Wade 1997, 2002). En estas jerarquías, los europeos
aparecían como racialmente superiores mientras que el resto
ocupaba diversos lugares en una gradiente de inferiorización, en
la cual la mayor cercanía o lejanía con respecto a los europeos
era criterio suficiente de su mayor o menor superioridad.
Rasgos como la forma del cabello, el tamaño del cráneo o el color
de la piel fueron históricamente configurados como indicadores
racializados para codificar unos grupos raciales, para imaginar
las razas. Dados los densos procesos de sedimentación en los
cuales han sido fijados, estos indicadores se imponen con tal
obviedad que es ardua la labor de su desnaturalización en aras de
poner en evidencia la contingente labor de selección y destilación
de unos rasgos (y no otros) que, por lo demás, no tienen mayor
consistencia empírica ni homogénea distribución entre los grupos
racializados a los que supuestamente se refieren.
El núcleo duro de gran parte de la imaginación racial consiste
en considerar que ciertos indicadores corporalizados, en tanto
expresión de una naturaleza heredada de grupos humanos