efectos de los acuerdos que se logren y
por la presión mediática que han sabido
manejar los protagonistas en cada caso.
El segundo elemento es la voluntad de
participación para llegar a un acuerdo,
que se refiere a la disposición de dos o
más interlocutores en reconocer que,
además de su propio argumento, puede
y de hecho suele haber otros argumentos igualmente válidos. Así comprendido, no hay una última palabra, sino que
el acuerdo se construye con base en el
consenso racional.
Este elemento es de mayor complejidad,
pues la ambición por el poder ha convertido a muchos mandatarios de América en fieles representantes de la tiranía
y la soberbia, los cuales limitan las libertades de su gente a través de la imposición de órdenes que generalmente
atentan contra la dignidad humana.
Cuando hay verdadera voluntad de
atender y entender a la contraparte, el
diálogo toma un rumbo efectivo hacia la
solución de problemas de cualquier envergadura. Es así como la buena disposición para el diálogo ha permitido a
Colombia, Cuba y Estados Unidos
avanzar en la solución de conflictos que
aquejaron durante décadas.
En el caso de los diálogos de paz entre
el gobierno colombiano y la guerrilla de
las FARC, el mérito no reposa únicamente en la voluntad de las partes para
avanzar en cada uno de los puntos de la
agenda, sino que también debe reconocerse la invitación e inclusión que ha
propuesto el gobierno de Santos a muchos sectores, entre ellos los opositores
al proceso, para conformar una Comisión Asesora de Paz, a través de la cual
se pueda examinar y debatir las diferencias que se alzan frente a los diálogos en
La Habana.
El expresidente de Colombia y actual
Senador de la República, Álvaro Uribe,
líder de la oposición al proceso, es una
de las pocas personalidades que falta
por adherirse. Aunque fue invitado a
conformar la mencionada comisión por
el Procurador General de la Nación,
Alejandro Ordoñez, también opositor al
proceso y adherente a la propuesta, respondió con algunos argumentos y críticas sin expresar si acepta o no su participación en la iniciativa del gobierno.
La voluntad para dialogar hace presencia en la mesa de negociación de La
Habana y para muchos es cuestión de
tiempo entender que omitir la conversación es prolongar la llegada de la paz y
la reconciliación. Asimismo, el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, de
entrada, trae consigo un gran avance: el
derrumbe de la narrativa del enemigo
externo, que había sostenido durante
décadas el régimen oficialista cubano
frente al gobierno norteamericano.
De esta forma, así como surgió la voluntad entre estos dos gobiernos de dialogar para llegar a una serie de acuerdos, entre ellos la posibilidad de levantar el bloqueo comercial, económico y
financiero, se espera que la noble acción
de conversar y debatir temas de carácter
económico, político y social persista
tanto en ese escenario como entre los
grupos de oposición cubanos, pues la
coyuntura actual brinda la gran oportunidad de poder emerger como verdadera
alternativa democrática, que articulando
la comunidad internacional y la sociedad cubana en general introduzca profundos cambios en el país, sobre todo en
el ámbito de las libertades.
Retomando el caso de Venezuela, a mediados de marzo Maduro anunció: “Yo
tiendo una mano al gobierno de los
Estados Unidos para que avancemos
juntos en diálogos francos y busquemos
una solución sobre la base del derecho
internacional, el respeto mutuo, para
que se subsane este grave problema que
se ha creado”.
Esta ha sido una de las pocas oportunidades en que ha demostrado tener la
disposición de conversar con Obama
para intentar mejorar la crítica relación
entre sus gobiernos. Sin embargo, Ma-
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