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La manifestación del 17 de octubre de 1945 culmina en la Plaza de Mayo y los
manifestantes se refrescan en la fuente.
El estudio histórico de la clase trabajadora
en el siglo XX argentino omitió la
dimensión del color de la piel, mientras que
la élite constructora de la nación postuló la
blancura y la europeidad indiscutida del
pueblo. De este modo, a fines del siglo XIX
se planteó la desaparición del africano o, a
lo sumo, su presencia mínima y sin peso
específico para cimentar herencia alguna en
el presente.
La teoría del crisol de razas explicó cómo
se había generado la argentinidad
perfectamente blanca, pero se estima que
alrededor del 5% de la población argentina
es afrodescendiente. Ser considerado
coloquialmente negro y tener la piel oscura
se interpreta como signo de origen no
europeo e indicador de posición social más
bien
baja,
de
marginalidad,
en
consideración negativa (Adamovsky: 2013,
87-89; Frigerio: 2008, 63, 66-67; Picotti:
1998, 42, 79; Solomianski: 2003, 16).
Los seguidores de Perón, como de
Yrigoyen años atrás, fueron desacreditados
como negros asociados a una presunta
barbarie, al efecto de justificar su
incapacidad innata para ejercer el derecho
ciudadano. Sin embargo, los individuos así
tildados no construyeron un orgullo negro
para contrarrestar el mito de la nación
blanca y retar el desprecio. La negritud se
apartó de la referencia al origen africano y
las alusiones al color de piel pasaron
progresivamente a señalar posición de
clase, al margen de los rasgos fenotípicos
(Adamovsky: 2013, 92).
Esta tendencia se observa desde comienzos
del siglo XX por menor adjudicación de
rasgos afro a las personas y así descendió el
número de verdaderos negros en la Ciudad
de Buenos Aires (Frigerio: 2008, 70). Solo
a partir de la década de 1980, ser negro
comenzó a reivindicarse como orgullo, si
bien hoy día se continúa empleando con
sentido despectivo en la mayoría de casos.
El uso de apelativos como negro, cabecita
negra, groncho y morocho es forma
coloquial para denominar a las clases bajas
y a lo plebeyo por asignación de un tipo
racial que no necesariamente es visible.
Incluso siendo de piel blanca se puede
considerar a una persona negra de alma o
referirse a ella como negro. Así dichos
apelativos entrañan más bien función
clasista, como marca racial presente en la
identidad de clase.
Aquí sostenemos que, gracias al peronismo
y sus detractores, a mediados de la década
de 1940 se impuso esta peculiar concepción
de alteridad. El pobre quedó asociado a lo
negro sin importar mucho la huella
africana. Al contrario, se habla de cabecita
negra por causa del aluvión zoológico,
según los detractores de los
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