movimientos migratorios internos que precedieron y acompañaron al peronismo. El recién llegado fue el criollo del interior, el provinciano, mestizo, sin raigambre afro alguna según la pretensión funcional del relato de blanqueo( Frigerio: 2008, 72; Solomianski: 2003, 255), aunque la huella africana estuviera presente y fundida entre los provincianos. Esa presencia proveniente del interior fue reemplazando los rostros de los inmigrantes italianos y españoles del siglo XIX. Fueron negros y negras quienes apoyaron incondicionalmente al peronismo y se hicieron presentes en toda manifestación política dentro del perímetro de la ciudad, aunque hacia los bordes( Solomianski: 2003, 32). Y pese a la simpatía del gobierno peronista por estos negros, la agenda oficial no contempló enfrentar el mito de nación blanca y los intentos populares terminaron siendo rechazados desde el poder. Lo negro terminó siendo una metonimia de la diversidad cultural argentina y de la totalidad de las clases populares, sin importar el fenotipo, pero englobando un todo unificado y despojado( aparentemente) de oposiciones étnicas( Adamovsky: 2013, 99, 111-112).
Conclusión El antropólogo e investigador Alejandro Frigerio argumenta que la invisibilización de los negros se produce no solo en la narrativa dominante de la historia argentina, sino también en la representación de la vida diaria. Lo curioso es que todavía se pregona la desaparición del afro, pero la palabra negro está enraizada en el discurso como una rémora colonial para aludir y denostar la mano de obra explotable. Como explica Frigerio, los negros de la década de 1940 fueron la nueva categorización de las clases subalternas, bastante parecida a la caracterización de los negros verdaderos veinte o treinta años atrás, que la historiografía oficial considera desaparecidos. La invisibilidad consistió en hacer creer que los afrodescendientes se diluyeron y desaparecieron en Argentina. Tal perspectiva distorsiona que el ancestro africano estuvo presente desde los primeros tiempos coloniales y su huella es imborrable. Así que hay clara vinculación étnica entre los negros del pasado y los cabecitas negras por la forma despectiva de describirlos( Frigerio: 2008, 66, 72-73, 76, 79). A pesar de la afirmación reiterada sobre la extinción del afrodescendiente, los insultos más corrientes en el habla argentina involucran, aunque no se reflexione mucho sobre ello. El mote cabecita negra introdujo al afrodescendiente en el corazón de las representaciones colectivas a mediados del siglo XX. Y lo negro continúa siendo utilizado de forma despectiva y englobante, aunque las consideraciones fenotípicas se releguen a lugar secundario. Cabe agregar expresiones de empleo más recientes, como negro( de la) cabeza o negro de mierda, para referirse en particular tanto a inmigrantes de países limítrofes( Paraguay y Bolivia) como a la diáspora subsahariana), son de las calificaciones más despectivas para describir sectores plebeyos( Solomianski: 2003, 33, 255-256; Picotti: 1998, 42, 47, 60). Entonces, en el imaginario porteño, pobreza y negritud van de la mano. En esa asociación caen varios grupos sociales( villeros, inmigrantes de países limítrofes, subsaharianos, afrolatinoamericanos y otros). La pretensión de cierta blanquedad superior marca la frontera de clase( y racial, de cierta forma) y continúa imperando, aunque la presencia afrodescendiente desafíe y reflote, sobre todo en el discurso, en virtud de una nueva identidad más abarcadora( Frigerio: 2008, 81-82).
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