IDENTIDADES 1 ESPAÑOL IDENTIDADES 9 ESPAÑOL | Page 85
del africano. Los medios de comunicación
occidentales presentan el continente y sus
habitantes de manera reduccionista y
distorsionada para perpetuar el pensamiento
del negro como otro. Esa carga negativa
explica que los afrodescendientes en
América
continúen
silenciados
y/o
discriminados.
En la mayoría de los casos, la palabra negro
funciona como recuerdo y marcador de
identidad del pasado esclavista con una
carga negativa por los siglos de trata. Y el
africano es tratado como si fuera un niño,
cuando no un primitivo y bárbaro sediento
de sangre. El negro africano se presenta
como inválido, mero pedigüeño que
siempre buscará ayuda de Occidente y poco
capaz de mostrar racionalidad (Iniesta:
2009, 11, 18, 20, 32). Esa misma carga
negativa padecen sus descendientes al otro
lado del Atlántico.
Hacia el peronismo y en su primerísima
hora
A pesar de los intentos por reivindicar lo
negro africano —desde movimientos como
la Negritud y el Panafricanismo, por
ejemplos— y de que algunas comunidades
e individuos utilizan la negritud como
referente identitario, por esa carga
mayormente negativa no sorprende
encontrar semejante representación en la
Argentina de mediados del siglo pasado y
hasta el presente.
En 1930 la Gran Depresión abrió una nueva
etapa en la historia argentina, signada por
cambios trascendentales que rompieron el
modelo de desarrollo sostenido desde el
crecimiento externo sobre la base del sector
primario y las exportaciones agropecuarias.
En la nueva coyuntura crítica principió el
modelo económico de Industrialización por
Sustitución de Importaciones (ISI) o “fácil
sustitución de importaciones” (Rapoport:
2010, 173) que abarcó también la década de
1940.
Entre muchas consecuencias del cambio, el
estancamiento de la actividad agropecuaria
provocó migraciones internas hacia los
centros urbanos durante unos 20 años. Del
gran contingente humano recién llegado a
Buenos Aires se valdría el futuro peronismo
para construir su movimiento (Romero:
2012, 86).
El ambiente social y político estuvo
enrarecido por tendencias autoritarias y
antidemocráticas. El debut de los militares
en política sobrevino en septiembre de 1930
y así se inauguró la Década Infame —
ensayo de democracia restringida con
empleo del fraude patriótico— tras el
derrocamiento del presidente radical
Hipólito Yrigoyen. Las clases medias se
postraron tras haber gozado de ciertas
mejoras con el radicalismo previo durante
tres presidencias. Marcaron esta etapa la
abstención del radicalismo y la aparición de
grupos nazis y fascistas. Se restringió la
participación política y se proscribió la
actuación de partidarios del régimen
depuesto.
Para
reemplazarlos,
la
aristocracia instauró un orden corporativista
apoyado solo en el Ejército y sin contar con
las masas (Rapoport y Seoane: 2007, 468,
491).
Al estallar la Segunda Guerra Mundial, la
lucha quedó centrada en el plano exterior y
la presión por terminar con la neutralidad
ocupó considerable atención en la agenda
interna. Las divisiones tensionaron el
panorama pese a que la coyuntura
económica trajo prosperidad y transformó
la industria en sector de peso. Sin embargo,
lo más importante no era quién ganaría la
guerra, sino qué sucedería tras su desenlace.
Se avizoraban el caos económico y la
consecuente explosión social (Rouquié:
1981, 327, 330-331; Romero: 2012, 101,
106-108; Rapoport: 2010, 127).
A comienzos de 1943, el fantasma de la
agitación popular recorría el país y la
proliferación de frentes populares (como en
Europa) provocó alarma en las filas del
Ejército. Para encarar el riesgo, algunos
jóvenes oficiales superiores crearon de
modo informal una logia como avanzada en
la lucha contra el comunismo, que más
tarde sería conocida como GOU: Grupo de
Oficiales Unidos, Grupo Obra de
Unificación, o ¡Gobierno! ¡Orden! ¡Unidad!
(Rouquié: 1981, 335). Muchos habían
participado en el derrocamiento de
Yrigoyen, entre ellos el joven coronel Juan
Domingo Perón.
Por primera vez el Ejército actuó autónoma
e institucionalmente al dar el golpe de
Estado del l 4 de junio de 1943, presentado
como revolución, y en lo adelante ocupó la
escena principal. Los militares golpistas
avanzaron, tomaron el poder sin derramar
sangre y, en temprano manifiesto,
prometieron acabar con el fraude y la
84