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Actualidad Latinoamericana
Replanteo de la
negritud argentina
Omer Freixa
Historiador africanista argentino (UBA-UNTREF)
Profesor e investigador en las Universidades de Buenos Aires y Tres de Febrero.
Profesor en el Consejo Superior de Educación Católica
Buenos Aires, Argentina
A
rgentina es una nación que se
enorgullece de una blancura
absoluta y la negritud en el siglo
XX conduce a enunciación muy
particular y despectiva que remite al inicio
del peronismo —el 17 de octubre de
1945— y de ahí, como categoría identitaria,
llega al presente. Para interpretar, desde
perspectiva sociológica, qué implicó este 17
de octubre en la forma de concebir al otro,
hay que explicar el contexto histórico
propiciador del nacimiento del peronismo,
pero antes debe caracterizarse lo negro.
Lo negro en Occidente
La palabra negro es recurrente en el habla y
su caracterización es predominantemente
negativa a lo largo de la historia. Hoy tiene
sentido negativo en la mayoría de los
contextos y los grupos afro prefieren
definirse con otras categorías identitarias,
como
afrolatinoamericanos
o,
más
recientemente, afrodescendientes.
Tal como se lee en las diversas acepciones
del Diccionario de la Real Academia
Española, negro denota casi siempre
imperfecciones y/o ausencias: un objeto
cuya superficie no refleja ninguna radiación
visible, ausencia de todo color o lo que no
tiene la blancura que le corresponde. Como
adjetivo se torna siempre negativo:
sumamente triste y melancólico; infeliz,
infausto y desventurado, muy sucio.
También se asocia con lo clandestino e
ilegal —magia negra, novela negra— y con
la mala suerte: tenerla negra. La única
definición positiva es el uso como voz de
cariño o, a lo sumo, para referirse a persona
con ese color de piel.
A este último respecto circulan varias
representaciones sociales como producto
cultural de la visión que Occidente
construyó sobre el sujeto y de la cual
Argentina es buen ejemplo. Se presupone
la superioridad ontológica sobre África de
la civilización occidental, que colonizó
América (Solomianski: 2003, 25; Picotti:
1998, 17), y se repiten los prejuicios sobre
la capacidad congénita que condensan la
imagen irracional elaborada desde hace
unos tres mil años (Iniesta: 2009, 11, 15).
Los trabajos contemporáneos apuntan a dos
estereotipos sobre la imagen del negro: un
ser infantil y alegre, o un ser bestial y
salvaje, menos que humano (Frigerio: 2000,
76). Estas dos representaciones se cruzan y
son un producto histórico que se remonta
hasta el mundo grecorromano.
El
compendio
de
caracterizaciones
negativas del pasado llevó a pensar al negro
como ser irracional y habitante de
sociedades sin historia, según el
razonamiento del filósofo alemán Hegel. Al
siglo XIX se llegó con la construcción de
una escala evolutiva en la cual los negros
ocupaban los peldaños más bajos en la
diversidad de razas. Incluso la trata
atlántica llegó al paroxismo de negar la
humanidad de los africanos esclavizados al
filo de un comercio infame por más de tres
siglos. En el Occidente dieciochesco nadie
“civilizado” discutió la inferioridad del
negro, que fue colocado en lugar periférico
con respecto a la humanidad (Iniesta: 2009,
16-17; Picotti: 1998, 18).
Al negro se asocia la imagen de África y
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