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sufridos. En perspectiva hermenéutica, la violencia pudo haber sido vivida como reactivación sensorial y emocional del dolor antiguo de los ancestros, que también fueron detenidos-desaparecidos del África y de la Historia. Entre las primeras expresiones documentadas de los afroporteños está que se reconocen como “los primeros desaparecidos de la historia” y una de las entrevistadas afirmó que sus ancestros habían sido “secuestrados del África”. Los términos desaparecidos y secuestrados traen carga de violencia excesiva, sobre todo porque la propia existencia de la testigo probaba su inexactitud. Entonces la corporalidad de ella se desplazó en coordenadas de tiempo y espacio al momento bisagra de su existencia: “Es que fui secuestrada de África”. Así se reveló la crudeza de la trata en la perspectiva de sus víctimas y esto me motivó a estudiar el tema a contrapelo de la historiografía oficial. Necesitaba la voz y la piel, el dolor de la vida y de la muerte narrada desde lo vivencial, lo sensorial y, desde ya, lo esencial en su ethos, lo musical. Orfilia Montero no llegó a expresarlo directamente, pero así creo haberlo entendido. La experiencia extrema de hallarse secuestrada, maniatada, vendada y rodeada de armas y voces extrañas, ajenas y agresivas, rememoró en su corporalidad aquella experiencia de sus ancestros cargados en barcos negreros para ya no regresar, sin saber por qué ni para qué ni a dónde. A esta altura de la antropología podemos prescindir del positivismo. Vi sus ojos brillar de ausencia y sentí cómo sus palabras eran cada vez más susurrantes ante el miedo de las antiguas orejas delat oras y cómo sus manos jugueteaban nerviosas. Acaso llenaba de este modo el vacío que ocuparía el rostro de su hija Mirta, a quien nunca más halló. Incluso me molesta enmarcar aquella performance como entrevista y prefiero entenderla como conversación en momento especial con amistad labrada por años. Fue difícil hacerme la idea de lo que expresaba y más difícil para ella verbalizar aquella experiencia tan extrema, que trascendió lo personal al cobrarle la desaparición de una hija que no se cansó de esperar. Así se fue de este mundo. Si el secuestro y la desaparición por los militares argentinos puede parangonarse a la sangría del África en los siglos XVI al XIX, el trabajo forzoso que muchos detenidos realizaron es otro puente de sentido compartido. Así lo expresó Ramón Camilo Juárez sobre su madre, Alicia País, en su cautiverio en ESMA: “Acá el día del encuentro este de afrodescendientes se comentaba el tema de las cadenas que tenían acá, de los grilletes que llevaban en los pies y como eso ancestralmente les provocaba en el cuerpo una sensación de empatía con ese dolor de los detenidos-desaparecidos […]. Algunos de ellos, que sobrevivieron aquí, estuvieron varios años haciendo trabajo esclavo porque vos estabas engrillado, tabicado, en un compartimento de 1 metro por 70 centímetros, eh… eras sacado a trabajar 8 horas sin cobrar ningún sueldo, trabajo esclavo y devuelto a ese lugar con una comida por día […]. Acá también eran un número”. Este comentario es profundo porque, como sucede en la historia oral, no sólo se narran hechos, sino que también se testimonia su fábrica conceptual, las interpretaciones que pudieron haber tenido acorde al narrador que vivió las experiencias relevantes y el sentido actual que da al pasado (Jelin 2002, Guglielmucci 2013). Camilo comienza refiriéndose a un evento que, como afroargentino, empleado de Espacio Memoria y Derechos Humanos, compartió siendo víctima de la violencia de Estado con personas afines, pues su familia (madre, hermano, tía, abuelos paternos, hermanastro y madrastra) quedó atravesada por aquella violencia. La certeza de equivalencia entre las remotas cadenas de la esclavitud y las cadenas recientes de su madre, porque detenida estaba forzada a trabajar, remite a la experiencia corporal como espacio viviente de saberes y memorias. Podría pensarse en una conciencia transpersonal que aflora en situaciones de extrema violencia. Así creo entender el caso de Carmen Platero, quien para defenderse de la inminente entrada de los policías en su casa de Tandil protegió a sus pequeños hijos revoleando una cadena y cifrando a su familia como una manada de leones para expresar lo indomable de su estirpe afro- 76