Remodernizar al Estado cubano: una urgencia
Estado y sociedad
Manuel Cuesta Morúa
Historiador y politólogo Portavoz del Partido Arco Progresista Coordinador Nacional de la Plataforma Nuevo País Miembro del Comité Ciudadanos por la Integración Racial( CIR) La Habana, Cuba
50 años después, Cuba necesita un nuevo contrato. Uno que nazca de políticas de Estado y ancle en el ciudadano como fuente única de soberanía y de poder. El tipo de Estado medieval que la Revolución Cubana inauguró establecía al mismo tiempo dos fuentes originales de Derecho y soberanía: la Revolución y el pueblo, pero desquició la relación entre los cubanos y su Estado al colocar aquellos al servicio de este. Todo Estado moderno debe estar, en principio y por principio, al servicio de los ciudadanos, pero en Cuba se invirtió la relación y se enajena la fuente de legitimidad para terminar confundiendo propiedad y soberanía, que es la condición básica de todo Estado medieval. Ningún cubano pueda demandar al Estado, a sus funcionarios o a sus órganos ante los tribunales es algo más que abuso de poder: es el establecimiento del abuso de poder como principio estructural. La humillación diaria del ciudadano frente a quienes se suponen son sus servidores públicos, es el índice más claro de la perversión de esta relación invertida. El lapso de dos generaciones es suficiente para que las sociedades funden un nuevo contrato. El signo de vitalidad de una cultura radica en las preguntas fundamentales que los gobernados hacen al poder y a quienes aspiran a ejercerlo. No se trata de un reajuste simple o de una rectificación cualquiera de los mecanismos de convivencia, sino de un repertorio de preguntas nuevas o dormidas que cuestionan a fondo pareceres, formas de control, modos de convivencia, estilos de vida y lenguajes de comunicación. Esto es algo más que la queja, el malestar o la inquietud; es la expresión de un desajuste básico entre la visión que el poder tiene de la sociedad y la visión que la sociedad tiene de sí misma. De la comprensión de esto nace el liderazgo; de su desprecio, nacen la dominación o el caos. Llevamos cuatro generaciones sin que las preguntas fundamentales encuentren respuesta satisfactoria. A cada pregunta generacional, el gobierno ha respondido con un desplazamiento del liderazgo a la dominación. Este alejamiento continuado de la realidad viva de la gente ha provocado un divorcio con el país: del poder, a través de su encierro en la Revolución, que ya tiene su propio pasado desde el que puede y debe ser juzgada, y de los cubanos, mediante su encierro en el mundo privado. De ahí que todos hayamos perdido la visión de la nación a favor de pertenencias más
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