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producto del contacto de todas las naciones europeas fecundadas en el suelo americano” (Segundo Censo Nacional 1895: XLVIII). Cuantificar para saber, para controlar, para comparar, para predecir y, por supuesto, para olvidar. Tales eran, entre otros, los atributos que emanaban de la ingeniería de cada censo como emprendimientos que cuantifican mucho más que la población, ya que conforme a las coyunturas sociopolíticas y con variaciones intercensales, abordaron temas tan diversos como el tipo de viviendas, la cantidad de cabezas de ganado, los credos, el número de lanzas de los indígenas (vale decir, varones con capacidad de lucha) y los palcos de teatro. En los censos nacionales, el Estado se reservó el derecho de efectuarlos y se valió de ellos para presentarse a la ciudadanía y el mundo con una suerte de realismo estadístico glamoroso, aunque ocultaba desigualdades al interior de tales cálculos. Así, el orgullo por posicionarse séptima potencia mundial en exportación agroganadera —que nos valió el rótulo de “granero del mundo”— promocionaba un país necesitado de inmigrantes, en lo posible europeos, según reza todavía el Artículo 25 de la Constitución Nacional, deseosos de brindarse al campo. Sin embargo, la mayoría de los trabajadores vivían en condiciones de semiesclavitud, por no decir esclavitud, habida cuenta del traslado forzoso de miles de indígenas patagónicos, capturados en la llamada Conquista del Desierto, a los obrajes e ingenios del noroeste (Valko 2010). Los afrodescendientes en el Censo Nacional 20102 Sólo considerando los seis últimos censos nacionales vemos que los indicadores sociodemográficos variaron sensiblemente (Carnero 2013). El último incorporó una pregunta sobre la afrodescendencia para tomar una muestra censal, pues sólo se formuló en los hogares que les tocó el formulario A (ampliado). Los motivos de esta inclusión fueron analizados por Laura López (2006) y tienen que ver con el compromiso asumido por el Estado tras los debates que arrancaron en los 90 con activistas afro, ONGs, organizaciones trasnacionales y multilaterales (UNESCO, OEA, BID, BM, Fundación Ford…) para implementar políticas positivas de reconocimiento y reparación histórica de la población afrodescendiente, entre las cuales su medición censal se erguía como demanda internacional en los países que participaron en y se beneficiaron con el comercio esclavista. En este proceso fue decisiva la Pre-conferencia Santiago + 5 contra el Racismo, la Xenofobia, la Discriminación y la Intolerancia, el 3 y 4 de diciembre del 2000 en Santiago de Chile, en la cual participaron cuatro afroargentinos del tronco colonial, entre ellos uno de los autores de este artículo: César Omar Lamadrid, pues allí se consensuó el término afrodescendiente para designar a los descendientes de los esclavizados sudsaharianos. El término se difundió por la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia (31 de agosto - 8 de septiembre de 2001 en Durban, Sudáfrica), donde participaron Lamadrid y dos afroargentinos más. El tema afro del Censo 2010 tuvo como antecedente inmediato la Prueba Piloto de Afrodescendientes, efectuada del 6 al 13 de abril de 2005 en los barrios de Montserrat (Buenos Aires) y Santa Rosa de Lima (Santa Fe) por la Universidad Nacional Tres de Febrero, con el apoyo técnico del INDEC, el asesoramiento de organizaciones afro y la financiación del Banco Mundial. La prueba dio que el 3% de los encuestados se consideraba afrodescendientes: 4.3% en Montserrat y 3.8% en Santa Rosa de Lima (Stubbs y Reyes 2006). A nivel conceptual, 74