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política, como en los censos de población-, otorga al número un realismo tal que deviene casi autoevidencia. La cuantificación de lo social no preexiste sin pensamiento teórico que sustente, un método que construya y una política de la representación que avale. Bajo ningún aspecto su lectura emana de su esencia: el ejemplo usual es la interpretación del vaso a medio a llenar o medio vacío. Con todo, al menos en el caso aquí abordado, por más que se expliquen estas cuestiones, la seducción cuantitativa persiste. Dado que no todo es reducible a números, estos no tienen capacidad para explicar casi nada si no se contextualizan, problematizan y relativizan. Números absolutos, relativos, porcentuales, promedios y herramientas menos conocidas, como el chi cuadrado y la Campana de Gauss, son camuflajes de mayorías y minorías de índole numérica. Tras su ansiada enunciación, lo cultural queda liberado a toda suerte de interpretaciones, a menudo gratuitas, y, así el investigador maldice su lengua apresurada por cerrar una respuesta con la llave incorrecta. No menos ardua resulta esta encrucijada para el afroargentino, quien transitando un reciente camino etnogénico procura visibilizarse ante la sociedad envolvente y formula el mismo tipo de preguntas.
El censo poblacional como herramienta de control estatal Según Benedict Anderson( 1993), el censo viene siendo utilizado por el Estado junto al museo y el mapa para lograr, por imperio de lo simbólico, la comunidad imaginada que lo amalgama con la nación.“’ El censo, el mapa y el museo’ analiza, por tanto, el modo en que, en forma del todo inconsciente, el Estado colonial del siglo XIX( y las políticas que su mentalidad favoreció) engendraron dialécticamente la gramática de los nacionalismos que, a la postre, surgió para combatirlos. De hecho, podríamos llegar hasta decir que el Estado imaginó a sus adversarios locales […] mucho antes de que cobraran auténtica existencia histórica. A la formación de estas imágenes, la abstracta cuantificación / serialización de personas, hecha por el censo, la logoización del espacio político debida a los mapas, y la‘ ecuménica’ y profana genealogización del museo hicieron contribuciones entrelazadas”( Anderson, 2000: 14-15). En Argentina los censos de población se remontan a la época colonial( período llamado pre estadístico) con Juan José de Vértiz y Salcedo, Virrey del Río de la Plata, y el censo de 1778. Hubo otro en 1810 y la etapa estadística se inauguró en 1869 con el Primer Censo Nacional bajo la presidencia de Sarmiento. El Segundo Censo Nacional( 1895) tuvo lugar en el gobierno de Uriburu y siguieron seis en el siglo XX( 1914, 1947, 1960, 1970, 1980 y 1991) y dos en lo que va del siglo XXI( 2001 y 2010). Al tenor de Anderson entendemos que los tres primeros fueron decisivos para configurar el ser nacional europeizado que forjaron las generaciones del 80 y del Centenario, con la población sursahariana y afrodescendiente( así como la indígena) subrepresentada. Según Hernán Otero( 2007) este blanqueo reposó en la idea de que los censos no sólo cuantifican el presente, sino que cualifican el futuro en una suerte de carta franca de la genealogía nacional, construyendo más que describiendo sus resultados en un discurso vasto y complejo que articula elementos políticos e históricos. Así auguraba la inminente hermosura de la argentinidad el Segundo Censo Nacional al concluir los pocos párrafos del capítulo“ Raza negra”:“ La cuestión de las razas, tan importante en los Estados Unidos, no existe pues en la República Argentina, donde no tardará en quedar su población unificada por completo formando una nueva y hermosa raza blanca
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