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veraniega, pero Arturo no parece abrumado por la alta temperatura. Deja de hablar conmigo, empeñado en despachar monedas a un nutrido grupo de futuros pasajeros que se le enciman. El caso fue que después de eso se fue apagando como una velita. Le tenía miedo a cuanto policía veía, pensando que le iban a meter preso. Finalmente se murió de un infarto, a lo mejor de ese sobresalto continuo”. Mi tío y su empleo La inventiva para descubrir un área inexplotada en el mercado y crearse un espacio propio en ella parece ser una característica idiosincrásica cubana. Por lo menos, así queda reflejado en un informe de expertos extranjeros en 1950.2 Quizá eso explique por qué en ocho años, de 1944 a 1952, los depósitos bancarios en cuentas de ahorro nacionales ascendieran a más del doble: de 688.5 a 1,662.1 millones.3 Cuando le confío la experiencia con Arturo, un vecino me cuenta que “así mismo hizo un tío mío que ya murió. Era un hombre de mucha inventiva, siempre creando aparatos y cosas para la casa”. “Vivía frente al Capitolio y un día se fijó que la gente que esperaba el ‘camello’4 para Alamar tenía que hacerlo permaneciendo todo el tiempo de pie, sin tener donde sentarse en esos grandes portales. Y a mi tío se le ocurrió la idea de hacer unos diez o quince banquitos de madera para alquilarlos a la cola hasta que llegara el ómnibus. Cobraba una bobería, diez o veinte centavos por cada banquito. Y cuando arribaba el transporte, los recogía y volvía a empezar a alquilarlos. En un día hacía su dinerito para cubrir las necesidades de la casa. Pero para no hacerte largo el cuento: un día le chivatearon a la policía, le incautaron los banquitos que alquilaba, le pusieron una multa de 1500 pesos por “actividad económica ilegal” y le advirtieron que la próxima le llevaban a un tribunal, acusado de… ¡enriquecimiento ilícito! ¡Imagínate, era de esos viejos de antes, que se enorgullecían de que en su familia jamás nadie había puesto un pie en una estación de policía! Los jóvenes y las tecnologías La obsesiva persistencia del Estado por impedir las iniciativas individuales para buscarse la vida y prosperar ha ido cediendo, aunque no con suficiente rapidez ni amplitud de miras ante las realidades del diario que nos trae la permanente crisis económica. Parece un verdadero sofisma la doctrina propagandística del oficialismo por lograr un país próspero, pero sin pasar por la prosperidad de los ciudadanos que lograrían esa meta. Para colmo, ahora se suma a su celosa intolerancia el creciente e incontrolable influjo de las nuevas tecnologías de comunicación. Pese a ostentar la más baja conectividad a Internet de todo el continente, los jóvenes cubanos con conocimientos técnicos en cibernética y comunicaciones buscan la manera de sacarle mayor provecho a sus capacidades, insertándose precisamente donde el Estado interpone los mayores obstáculos. Leana es una joven de 22 años especialista cibernética que trabaja en una empresa importadora con gran surtido. Por fuerza de su trabajo, aprovecha el acceso a Internet para emprender un novedoso negocio particular y, por supuesto, ilegal.5 En un principio se niega a hablar conmigo. Es la mamá, una vieja amiga, quien da las garantías de su anonimato. A fin de cuentas, lo que interesa para este trabajo es conocer en qué particular espacio del vasto mercado laboral independiente, no autorizado por el Estado, esta linda muchacha ha encontrado su manera de obtener beneficios. “El mundo sigue su marcha. Nadie espera por el que se 61