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alguien trabajara legalmente fuera del Estado. No, no era como ahora, algo más común. Por eso mismo no hice gestiones para ser legal. ¿Para qué? ¿Para identificarme y volverme un blanco seguro de la policía? ¡Nah!”. Se da un trago de una caneca de cristal que extrae de la misma jaba. Ante mi negativa a compartir la bebida, la guarda y me declara a modo de conclusión. “Por eso empecé a deambular por La Habana en bicicleta. Pelaba en diferentes barrios, discretamente, en casas particulares. Y como lo hago bien, al gusto de la gente, la clientela aumentó. Ahora voy a pie y me limito a mis marchantes del barrio. ¡Y a veces no doy abasto! Y también tengo a los chamacos que quieren hacerse pelados modernos. La tarifa que cobro por cada trabajo es la mitad del que cobran en las barberías. Además, les evito tener que hacer cola allí”. Vagancia y peligrosidad Ya pocos en Cuba parecen recordar el absoluto registro que tenía el Estado cubano sobre toda la fuerza laboral del país. Tuvo su origen totalitario formal en los años setenta, cuando se decretó el ucase de la tenebrosa Ley1231 “Contra la vagancia”. Volvió penalizado con prisión no tener un empleo. Y en casi un 100% de posibilidades, el único patrón posible era el Estado. Con posterioridad, una continua política represiva la aportó algo muy semejante a la práctica nazi del “arresto preventivo”. La “peligrosidad social pre-delictiva” permitió comenzar a aplicarles cárcel a individuos “antes de cometer un delito”. De esta manera, muchas personas que preferían no trabajar para el Estado eran considerados vagos habituales y proclives al delito. Fueron castigadas con arbitrarias condenas en granjas de trabajo o prisiones provinciales. La consecuencia del terror provocado con esta pertinaz leva forzosa fueron las plantillas laborales infladas, algo que al final se demostró insostenible tras el fin de los subsidios soviéticos. El jubilado Arturo me confía que se pensionó como trabajador al cumplir la edad límite laboral en los primeros años del nuevo siglo. “Había estado recomido por dentro durante mucho tiempo. No quería estar laborando para el Estado. ¡Nunca me alcanzaba lo que me pagaban! Pero tengo una familia, y además no me atrevía a dejar el trabajo porque temía perder la pensión. ¡Total, para lo que me sirve esa m…!” Pese a su edad, aún tiene el poco recomendable hábito de fumar tabaco. Y no deja de hacerlo mientras les cambia pesos por pesetas a sus clientes en el paradero de ómnibus de Palatino, barrio de El Cerro. Cobra veinte centavos por cada peso, pero sus ansiosos clientes que a esa hora marchan al trabajo o a alguna gestión personal, prefieren perder una moneda de veinte centavos en la transacción a todo el peso para pagar el transporte público. Cuando este gasto diario se acumula en un mes, representa una suma que no se pueden permitir perder de sus magros salarios. “Esto que hago no es legal, ni pago licencia ni nada, así que no me pongo al alcance de la chivatería que me puede echar encima los inspectores o la policía, quedándome siempre en el mismo sitio. Hoy estoy aquí, mañana en La Habana Vieja, pasado en cualquier otro nudo vial, pero siempre temprano para mi clientela que va para su trabajo. Tengo una relación en un banco que me cambia por monedas de veinte centavos todos los pesos que recojo aquí, y por la buena gestión a diario le dejo caer dinerito ”. Su piel negra reluce del sudor que bien temprano provoca la caléndula 60