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Nuevos cimarrones

Armando Soler Hernández
Periodista La Habana, Cuba

V iven como urbanitas furtivos, anónimos, confundidos entre la multitud. Son prófugos económicos, como los antiguos negros curros de la época colonial, huidos del amo. A diferencia de aquellos esclavos cimarrones del Manglar habanero, devenidos peligrosos delincuentes, estos del presente laboran, pero fuera de la obsesiva vigilancia y control del Estado sobre la fuerza de trabajo nacional. Buscaron la manera de ganarse la vida de forma honrada, y sobre todo, en libertad. El ingenio, la capacidad profesional y la audacia diaria les permite encontrar un espacio y sobrevivir no sólo fuera del cerco del“ Big Brother is watching you”, sino completamente desconocidos e indetectables para sus celosos controles. Sus motivaciones son muy diversas, pero todas resumen en una razón única: se consideran estafados. Creen que entregaban demasiado tiempo de vida a cambio de una remuneración cada vez menos real frente a la constante( y oficialmente nunca mencionada) inflación, la escases y la tentación de la corrupción.

El Fígaro
Cuando nos encontramos casualmente, al Fígaro le brillan los pequeños ojos azul muy claro, más pálidos aun en su rostro de tono ladrillo aportado por un tempranero aliento etílico.
El mal más grande del mundo no es la pobreza de los desprovistos, sino la inconsciencia de los asegurados. J. Lebret
“ Hace casi veinticinco años dejé de trabajar para esta gente( el Estado). Ahora tengo setenta y dos. Soy economista graduado de la Universidad y si para algo me sirvió eso en este país fue para ver que la cuenta no daba, y que no daría en el futuro. 1 Mira si no me equivoqué”. Y hace un gesto abarcador con la mano, quizá incluyendo el enorme montón de basura acumulada en la esquina del sombreado parque. De una astrosa jaba que le cuelga del hombro saca unas tijeras de barbero y me las muestra:“ Y esto fue lo que me dio la independencia. Eran los tiempos del Período Especial en su apogeo y algunos comenzaron a dejar de trabajar para el Estado y tratar de inventar en la calle. Hasta entonces, sin pedirles nada a cambio, en mi tiempo libre yo pelaba a mis hijos, a mis hermanos, amigos y hasta vecinos. Algunos insistían y me pagaban. Y fue entonces que me dije: ¿ por qué no vivir de esto? Y comencé, primero pensando en montar una barbería en el portal de mi casa, adaptando cualquier silla sobre una base giratoria, como los viejos sillones de barbero que hay por ahí … ¡ Legalizarme, vaya! Pero un amigo me dijo que eso haría que la policía o cualquier inspector se enfocara en mí. Cuando aquello, luego de la rectificación del 86, y que el Barba dijo que‘ ahora si vamos a construir el socialismo’, había vuelto a ser raro que
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