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hombros caídos y un profundo
cansancio reflejado en su rostro.
Por eso salí temprano. Ya no era un
pan, sino dos los que me tocaban. Al
salir de la casa me encontré el reparto
en silencio, un silencio simulado que
intentaba hacernos creer
que los
apartamentos se encontraban vacíos,
porque sus moradores habían ido a la
plaza. Esa era la idea: que todos
pensaran que no había nadie en casa.
Simulación es la palabra adecuada,
porque todos estaban trabajando de
manera individual e independiente,
pero sincronizada, con el objetivo
común de que nadie pudiera cuestionar
su integración revolucionaría por no
haber asistido al desfile en la plaza. Por
eso permanecían callados en sus casas
cerradas.
Camino a la panadería me encuentro
con la hermana de Ada, señora de edad
avanzada que, de lunes a viernes, se
sienta cerca del mercado a vender
dulces para ayudar a sostener la
economía en casa. Estaba agotada y al
verla, la saludo con buenos días y
pregunto por su hermana. Su respuesta
me dejó pasmada: ¡Ada, estaba para la
plaza!
¿Pero cómo? Ada, mujer retirada, que
se levanta todos los días bien temprano
para elaborar dulces que después vende
de disímiles formas a fin de cubrir,
junto con sus dos hermanas, los gastos
de la casa. A veces tiene crisis con la
salud; aquejada de dolores en
articulaciones y huesos, ha tenido que
pagar exámenes médicos a buen precio
para
que
el
doctor
pudiera
diagnosticarla. También lleva regalos
los días de consulta para así garantizar
buen tratamiento. ¿Qué hace entonces
en la plaza?
Continué mi camino, llegué a la
panadería, compré el pan y seguí a la
farmacia. Al pasar por el mercado,
observé que había cola para comprar el
pollo que comenzarían a vender tras
concluir el desfile en la plaza. Durante
el desfile, el mercado tiene que estar
cerrado; no se pueden vender otros
productos: solo el pan.
De regreso a casa reflexionaba sobre las
motivaciones que movían a esas
personas a desfilar en la plaza. Llegué a
la casa y puse la radio; quería entender
qué pasaba y me dispuse a escuchar el
reportaje. Los periodistas de la radio y
la televisión cubana repetían consignas
y hablaban del apoyo unánime de la
población cubana a un modelo
económico en perfeccionamiento, a las
conquistas del socialismo, a la causa
del pueblo venezolano… Corrí el dial
hasta Radio Reloj; sus locutores
repetían las mismas consignas y
relataban lo planteado por algunos
trabajadores entrevistados durante el
desfile, quienes exponían las razones
para asistir a la plaza. También narraban
qué había ocurrido en otros países y
cómo los trabajadores manifestaban allá
sus demandas.
¿Demandas?
Súplica, petición. Pregunta. Acción
judicial para hacer valer un derecho.
Escuché que los obreros en Francia
demandaban mejoras salariales y el
derecho a trabajos dignos. Y en Cuba,
¿los trabajadores no tienen demandas?
Un pueblo que pasa más de 8 horas al
día pensando qué va a cocinar, sin que
esta preocupación se deba a que cuenta
con muchas opciones, sino todo lo
contrario. El precio de los alimentos es
alto y los salarios, en su gran mayoría,
son bajos. Hablo por millones de
personas, hablo del pueblo trabajador,
que habla en la calles, en las guaguas,
en las colas, en todos lados. Es
imposible vivir sometidos a esta
relación tan desventajosa. Salarios bajos
y un costo de la vida cada día más alto.
Los mandados por la libreta de
abastecimiento cubren una
comida
diaria durante 10 días al mes. ¿Dónde
está el desayuno, el almuerzo o la
comida? Si almuerzas no comes. Estoy
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