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Sin seguro de vida
Natividad Soto Kessel
Ingeniera química y ceramista
La Habana, Cuba
S
alí de casa
temprano en la
mañana para comprar el pan de
la libreta, un pan redondo que
cabe en la palma de mi mano a veces
medio crudo y otras ácido o con alguna
piedrecita en su interior; siempre falto
de grasa, en ciertas ocasiones con un
lado negro y en otras, con sabor a lata.
A pesar de todo salgo a comprarlo, lo
tuesto un poco en la cazuela y, cuando
el hambre me despierta en la
madrugada, me lo como. Si no, pasa en
la mañana al desayuno y fue para eso
que salí a buscarlo.
Al levantarme mi pensamiento viajó al
pasado.
Recordé
la
cara
de
preocupación que tenían aquellas
personas que esperaban a la salida de la
panadería. La incertidumbre se recreaba
en sus rostros, sentían que su esperanza
se escapaba. Les habían asegurado,
horas antes, que el pan estaría listo para
las 6 de la tarde y no lo estuvo. Para
que ganaran en tranquilidad, la
dependienta les comunicó que la
administradora estaría en el centro
hasta las 9 pm para venderle el pan a
los que fueran a comprarlo y también
nos brindaba la posibilidad de
comprarlo al otro día. Para mí, la
segunda opción era mejor.
La dependienta comentó que dudaba,
porque si no habían sido capaces de
satisfacer las necesidades de un día,
¿cómo iban a producir en otro el pan de
dos? Al salir del lugar dejé atrás a un
niño pequeño que lloraba en los brazos
de su mamá y quería comer pan. Allí
dejé también a un padre cansado de ir y
venir, que se quedó sentado en el
interior de la panadería resuelto a salir
con su pan en la mano. Tenía los
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