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nuestra iglesia”, dice Oquendo en algún momento de la película. Yo no fui el más devoto de sus feligreses aunque tampoco el menos entusiasta. A la Esquina Habanera fui un montón de veces y aun así me siguen pareciendo pocas. La Esquina Habanera era una versión nocturna y a lo largo de todo el año de las rumbas del Central Park, aunque con las fronteras entre público y los músicos mucho más delimitadas. En parte porque los exilios son modelos compactados de sus sociedades originarias y todas sus distintas capas quedan más cercanas entre sí, en parte por la naturaleza de dichos espacios, tanto la rumba del Central Park como en su momento La Esquina Habanera han ocupado una ubicación cultural y social equidistante de la rumba íntima y doméstica de los solares y la espectacular y turística del cine y la etnología. Fue allí como se encarga de revelar el documental donde ocurrió el primer encuentro entre los abakuás de Cuba y de África, como para añadirle magia a un círculo ya mágico en sí mismo. La rumba del Central Park y La Esquina Habanera ayudaron a crear un espacio más accesible y, a su manera, más respetuoso con las esencias de la rumba, concepto temible —el de las esencias— cuando se le adopta con demasiada severidad. Por suerte la seriedad de la rumba es como la de los niños: por intensa que sea hay algo en su naturaleza gozosa e ingenua que la salvará de cualquier fanatismo. 7. En otro sitio he citado este fragmento de un conocido texto del Nobel Derek Walcott: “En ciudades serias, en inviernos grises y militantes con sus tardes cortas los días parecen transcurrir en sobretodos abotonados, cada edificio luce como un cuartel con las ventanas encendidas y cuando llega la nieve uno tiene la ilusión de vivir en una novela rusa del siglo XIX, a causa de la literatura del invierno. Así los que visitan el Caribe deben sentir que habitan una sucesión de tarjetas postales. Ambos climas son modelados por lo que hemos leído de ellos. Para los turistas el sol brillante no puede ser serio. El invierno añade profundidad y oscuridad a la vida tanto como a la literatura y en el interminable verano de los trópicos ni siquiera la pobreza o la poesía parecen capaces de ser profundas porque la naturaleza a su alrededor es tan exultante, tan resueltamente extática como su música. Una cultura basada en el goce está destinada a ser superficial. Tristemente para venderse a sí mismo el Caribe promueve las delicias de la ausencia de sentido, de la brillante vacuidad, se promueve como un lugar al que escapar no solo del invierno sino de la seriedad que viene solo de una cultura con las cuatro estaciones” Ver las imágenes de esos músicos acorazados en sus blancos abrigos de invierno mientras, bajo una intensa nevada, descargan sus instrumentos del maletero de un coche para dirigirse a un bembé como caballeros que se alistan para una cruzada, nos fuerza a pensar en el fondo trágico del trópico disimulado por la música y el baile. O al menos a aceptar que la alegría a flor de piel de tambor arrancada de su entorno “natural” de las postales y sin más distracciones que cumplir su misión de existir es mucho más seria de lo que aparenta. 8. “Rumba clave blen” comienza y termina con dos conciertos: uno en el Central Park de Nueva York y otro en un teatro ante un público compuesto mayormente por niños. El concierto del parque comienza de día y no termina hasta que es noche cerrada y la policía manda a recogerse. El concierto del teatro —y con él la película— concluye con el estallido de alegría de los niños frente a cámara. “La única diferencia que hay entre la rumba de la calle y la del teatro”, dice el rumbero Román Díaz, “es que en el teatro hay que respetar al jefe de escena”. Pero da igual donde quiera que esté: “a la hora de 135