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interesara la ironía, ese entretenimiento de la gente que vive en el tiempo, en la historia, no en la eternidad de la rumba. 5. Cuando al principio del documental Pedrito Martínez es emplazado a que defina la rumba responde cantando una rumba autorreflexiva: La rumba no es el danzón/ que tiene claras sus notas/ la rumba uno con la boca/ le busca el tono mejor/ puede hacer tu inspiración/ buscando tonos mejores/ buscando la ilustración/ y los más altos honores. Dicho de otro modo, a pesar de sus ademanes ligeros y espontáneos, la rumba no renuncia ni a la elegancia ni a su particular deseo de trascendencia. 6. Como todos sabemos —todos excepto los principios de la óptica que se empeñan en demostrar lo contrario— la distancia agranda las cosas. En cuanto la referencia tangible desaparece, la imagen que pasa a ocupar su lugar; no teniendo que lidiar con las incomodidades de lo real, relumbrará con el esplendor creciente de lo imaginario. Pero quiero pensar que con La Esquina Habanera no ocurrió así. Que ya era grande en vida, a simple vista y no a través de los lentes exagerados de la nostalgia. Porque decir La Esquina Habanera es decir los Domingos de la Rumba, como si el resto de la semana (y de la vida) no importaran. A La Esquina Habanera, un bar ubicado en Union City, New Jersey (justo el mismo pueblo de mi primer apartamento en Estados Unidos) llegué por primera vez de la mano de Ramón Caraballo, un balsero del 94 que ha terminado creando una librería devenida un Fort Apache cultural en medio de Queens. Fue en 1997, al año siguiente de haber sido inaugurada La Esquina, y todo era raro y de lo más natural al mismo tiempo. Un sitio dominado por la estética y sobre todo la ética de ciertos marielitos: personajes que sería imposible encontrar en La Habana de los noventas que acababa de dejar atrás, sacados acaso de una máquina del tiempo tomada al abordaje en algún momento de hacía dos décadas. Tipos vestidos de blanco impecable, con la raya del pantalón trazada con tanta precisión como los gestos con que se movían por el local. Seres a su manera elegantísimos, con un cuidado exagerado por las buenas maneras y el espacio ajeno, un cuidado que sugería posibilidades infinitas de violencia una vez que alguien, intencionadamente o por descuido, se atreviese a transgredir ciertos límites. Nunca vi sin embargo el menor asomo de agresividad, ese lujo de los que ignoran ciertos códigos. Tampoco muchos borrachos y menos aún mujeres solas. Una vez llevé a una amiga norteamericana y la presenté como “mi esposa”, una palabra que no empleo siquiera con mi esposa real, acaso por su aire vagamente policial. Luego tuve que explicarle a mi amiga que era la única palabra que mantendría a raya a tipos que de otra podrían resultar abrumadores. Creo que me entendió. Allí, en ese mundo donde todo transcurría como regido por la coreografía de ciertas normas que dudo que existieran con tanta pureza en La Habana a la que aludía el nombre del local, conocí a buena parte de los rumberos que reinan en el documental de Arístides Falcón. Allí vi por primera vez a David Oquendo y a Vicente Sánchez, responsables principales de que el proyecto Raíces Habaneras —el grupo bajo el cual se presentaban aquellos rumberos cada domingo— tuviera sentido. Allí conocí a Gene Golden, al bailarín Pupy Insua, a José “El Chino” Real, a Román Díaz. Allí me sorprendió, con su voz profunda y madura, un jovencísimo Pedrito Martínez (si no es que, por puro contraste, aquella voz lo hacía parecer aún más joven de lo que era), incluso antes de descubrir el gran percusionista que es. La cantidad de público podía variar de un domingo a otro, pero no la veneración con que se acogía una música que pese a su origen y sentido profano era el eje de una suerte de religión. “Los domingos esa era 134