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3. En ese sentido “Rumba clave blen blen blen”, el documental filmado por Arístides Falcón Paradí durante cuatro años que uno debe suponer arduos y enriquecedores, es toda una revelación confirmada con la asistencia multitudinaria y entusiasta a las escasas exhibiciones públicas que ha tenido hasta ahora en la propia ciudad en que fue filmada, Nueva York. Revela no sólo el complejo proceso de arraigo en la gran urbe de una música asociada con un clima, una cultura, una socialidad diferentes, sino que nos entrega claves esenciales para entender un fenómeno tan complejo como la rumba, explorando su dimensión musical pero extendiéndose por la histórica, la social, la étnica, la nacional, la racial y la religiosa entre otras. Saber y confianza son palabras claves para entender el éxito que ha tenido Falcón al adentrarse en esta jungla densa y elusiva que es el universo de la rumba en tierras extrañas. Palabras que pueden reducirse a una sola: tiempo. Tiempo que equivale a toda la vida que ha necesitado Arístides Falcón para conseguir ver a la vez los árboles y el bosque. Ver, más que entender o tratar de explicarlo, porque se necesita mucha sabiduría, que es lo mismo que decir mucha humildad, para darse cuenta de que, como decía María Zambrano, “los secretos verdaderos no consienten en ser revelados”, pero en cambio se dejan recorrer y hasta atrapar a través de sucesivas intuiciones. Ayuda, por ejemplo, que la estructura descoyuntada y flexible del documental — jalonada por viñetas-ofrendas a los diferentes orishas— agrupe todas las dimensiones que se han mencionado y les permita convivir sin estorbarse, y así entender cómo el fenómeno de la rumba puede ser a un tiempo espectacular e íntimo, machista y femenino, endémico y exportable, sectario, marginal e intratable para unos y abierto a la sensibilidad de (ciertos) venezolanos, puertorriqueños, franceses, japoneses; de pintores, escultores, cocineros, guitarristas clásicos y académicos de Yale. Más que como elemento o cifra cultural fijado en su exotismo o veneración, la rumba se nos presenta como artefacto capaz de generar y adquirir continuamente nuevos sentidos. De ahí —parece decirnos el documental que siempre sugiere, para bien, mucho más de lo que dice— su vitalidad y supervivencia. 4. En los inicios de la nación cubana como entelequia individual o colectiva, Nueva York fue punto de recalada de algunos de los principales nombres de su historia intelectual y cultural (Heredia, Varela, Villaverde, Martí, Ignacio Cervantes) y de producción de sus íconos más reconocibles (la bandera, el escudo nacional, los periódicos El Habanero y Patria, Cecilia Valdés, Versos Sencillos, el Partido Revolucionario Cubano). La presencia de la rumba no puede presumir de la misma antigüedad en la ciudad o alrededores, mas sí de la relevancia de sus héroes o proezas. A “Rumba clave blen blen blen” le basta con fijar su mito fundador en Chano Pozo y su irrupción breve y deslumbrante en la redefinición primero del bebop y luego de todo el jazz. Le basta con referirse a figuras esenciales tanto en la historia de la rumba y del jazz latino como los músicos Cándido Camero, Patato Valdés y Mongo Santamaría, para reclamar para la historia que cuenta un lugar cardinal en la evolución de la música cubana y hasta universal con todo el espectro de recombinaciones que hizo posible. Una evolución —en el caso de la rumba cubana en Nueva York— que no se detuvo en los días de máxima popularidad del mambo, la rumba o el bebop, sino que se ha nutrido con nuevas adiciones como las de Orlando “Puntilla” Ríos, David Oquendo, Román Díaz, Pupy Insua y Pedrito Martínez, rumberos que brindan directamente testimonio en el documental. 132