Cuba posee al mismo tiempo las más variadas tradiciones en toda la diáspora africana en América, con cuatro complejos religioso-culturales: la santería( yoruba), el palo monte( kongo), la regla arará( ewe-fon) y la sociedad secreta abakuá( culturas del Calabar). Como la población aborigen fue eliminada, el ambiente sociocultural cubano propició siempre la integración criollizante de los inmigrantes. Durante siglos se importó mano de obra esclava de África y esto hizo que, junto con su europeísmo único en el Caribe, los hombres y mujeres con estas tradiciones no se diferencian del resto de los cubanos y como tales sienten y actúan. Los acervos africanos no disueltos en la nueva cultura mestiza, como ejes de prácticas, creencias, costumbres y visiones de la realidad, son los núcleos temáticosculturales denominados afrocubanos para diferenciarlos de la cultura cubana de síntesis, en la cual actúa también lo africano integrado. Estos núcleos no constituyen fósiles vivientes, sino componentes evolucionados en el nuevo medio al otro lado del Atlántico, hibridados, inventivos e influyentes en la construcción de la cultura contemporánea que, de una forma u otra, han sido también transraciales desde el siglo XX, con predominio de los negros y mulatos de los estratos más populares de la población.
Los nuevos artistas procedían de distintas capas populares, en las cuales continuaban inmersos debido a las características de la vida cubana: pobreza generalizada, escasez de viviendas y otros recursos, nivelación social, masificación, seudoigualitarismo. Portadores activos del folclor y, a la vez, profesionales formados gracias al sistema gratuito y generalizado de enseñanza, muchos hicieron un arte elevado modelado desde dentro por valores, sensibilidades y visiones del mundo de aquellos grupos vernáculos. El arte contemporáneo cubano ha comenzado a reestructurar, dentro de las intrincadas disyuntivas de globalización y diferencia del mundo de hoy, el proceso significativo de la expansión de sensibilidades, gustos estéticos y valores de la cultura vernácula urbana e incluso de sectores marginales que han tendido a volverse cada vez más influyentes en los hábitos de la vida cotidiana. Por la misma razón actúan desde los contenidos, más bien recreando formas, ritos o mitos, como suele ocurrir entre los numerosos artistas del arte contemporáneos del Caribe. La plástica cubana continúa realizando cultura occidental desde fundamentos no occidentales, transformándola en el sentido de diversificar la cultura contemporánea. Estos artistas se desentendieron de la obsesiva preocupación por la identidad, porque más bien funcionan desde ella y enfrentan los dogmas heredados para asumir su autenticidad y afirmarse mediante relatos o proclamas que son tanto europeos, indios o africanos, pues pertenecen a una nueva casta de vocación universalista, escindida entre mundos paralelos. Desde la década del 90 la asunción de esta temática cobra realmente verdadera fuerza y los discursos se complejizan por entre una serie de canales diversos y al mismo tiempo unívocos, que permiten su análisis como hecho factual y distanciados del panfleto. No se asume el tema en actitud militante o agresiva, sino reflexiva y cuestionadora, y se toma igualmente distancia de la simulación para recurrir a estrategias que preponderan los discursos de los tradicionalmente relegados. Así, la problemática racial y de género— arraigada en la sociedad cubana— llegó a su punto más álgido en la crisis de los 90, a pesar del pronunciamiento oficial
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