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Más allá de su cuantificación1, lo cierto es que hasta bien entrado el siglo XIX (1853 en las provincias y 1861 en la ciudad de Buenos Aires, años reales de la abolición de la esclavitud), el país participó y se benefició de este comercio, denominado por la academia “la trata esclavista” y “la ruta del esclavo”, aunque algunos afroargentinos reclaman una expresión más comprometida, “genocidio africano”, a la cual me adhiero. Por lo expuesto, parte de nuestra riqueza material y cultural se debe a esta presencia, cuyos descendientes se autodenominan hoy, con alto grado de consenso, afroargentinos del tronco colonial (Cirio 2010a). Se trata de un recordatorio sombrío, porque el Estadonación, las instituciones educativas y la sociedad en general han reducido al mínimo su memoria. Como si se tratara de un barril sin fondo, confinaron al silencio todo lo que tuviera que ver con nuestra negritud. Era un pasado demasiado ominoso para ser incluido en la gloria que el Estado y la intelectualidad de fines del siglo XIX, la Generación del 80, imaginó para posicionarnos como una potencia mundial emergente mirando a Europa y a Estados Unidos de América con obsesivo interés. En el presente, una visión generosamente monocromática de “lo nuestro” desestima cualquier presencia no-blanca, ya sea negándola, minimizándola o extranjerizándola (Segato 2007). Es por ello que hoy, el sentido común y, salvo excepciones, la academia, siguen afirmando que “aquí no hay negros”, “hubo pocos y se los trató bien” y “nada quedó de ellos”, para distinguir al país, con argénteo resplandor, de otros americanos. Si la música es un modo de comunicación estética, que requiere un destinatario para cumplir su función, el silencio puede considerarse la ausencia de éste o del emisor. También podemos hablar de una expresa coerción para silenciarla, un generalizado desinterés en considerarla valiosa, pertinente y contemporánea, que llevó a un ajustado estado de no-estudio hasta hace poco (Cirio 2007b). En fin, el silencio como metáfora de una violencia tendiente a anular el incómodo recordatorio de un pasado esclavista y una contemporaneidad enraizadamente americana, mestiza. Dado el particular derrotero —el término no es neutral— de la música afroargentina, deseo dar cuenta de ella desde una visión provocadora: la visión del Otro, la del propio afroargentino. Se trata de una historia contada desde el sufrimiento de la no-expresión, de la no-escucha, desde el “vacío” documental, incluso desde el silencio autoimpuesto. Será una lectura incómoda para la narrativa dominante, pues busco explicar cómo fue y es (in)advertida y (des)entendida por la sociedad envolvente, por las instituciones gubernamentales y, salvo excepciones, por la academia. Si los afroargentinos estiman al tambor como quintaesencia identitaria, cuando lo tocan no solo lo hacen por divertimento; también tiene implicancias políticas, en el sentido de buscar el respeto y el reconocimiento de la sociedad y del Estado. Así, no es de extrañar que esa haya sido también la estrategia — aunque en sentido contrario— de los antiguos esclavócratas porteños al proclamar bandos como éste de 1766: “Se prohiven los Bayles indesentes que al toque de su tambor acostumbran los negros; si bien podran publicamente baylar á quellas danzas de que usan en la fiesta que celebran en esta Ciu.d assi mismo se prohiven las Juntas