Que mantuve mi cordura, aquí dentro, ante el
férreo cerco de los que me acusaban de
demencia. Creo que fue esto, las duras condenas
que algunos recuerdos me dieron, lo que aclaro
mi juicio y lo que me permitió esconderme aquí
en lo profundo de mi calabozo. Porque, aun
cuando es verdad que mi prisión es odiosa y vil,
es verdad también que pude hacer de ella una
estancia inalcanzable donde nada ocurre, ni
siquiera el tiempo, pero donde me siento
completo y resguardado en mi pacifica
desolación.
No me queda más que abrazar esta infinita
soledad que me arropa. Y lo hago con voluntad y
dedicación; pues sé que así me libro de los
espantosos terrores que habitan en los oscuros
rincones de mi prisión. Aquí soy rey y vasallo.
Dueño y extraño. Espero resignado el fin de mi
sufrimiento y disfruto nostálgico viendo como
esa dulce mujer, que siempre viste de negro,
viene caminando desde lejos. Viene llamando mi
nombre. Viene sonriente a rescatarme. Viene a
recordarme que es la felicidad…