Prisión
Salemnico
Venezuela, Mérida
Me encuentro en una prisión. Y creo
que es la peor de todas. Me ha
quitado tantas cosas que ya no sé por
dónde empezar. Se ha llevado mis
libertades, mis esfuerzos, mis
problemas y los pesares que me
hacían humano. Sin tener barrotes,
es absolutamente rígida. Absoluta. Y
de lo que me ha robado, lo que más
me duele, es el tiempo. Ya no
recuerdo qué se siente ver pasar un
segundo o un minuto. Mi cuerpo ha
dejado de percibir la urgencia propia
del paso de los días. Y eso me encoge
el alma. Me marchita.
Me encuentro, como casi siempre,
sentado. Apartado. Sé que mis ojos
están abiertos, pero la cárcel donde
me hayo no me deja ver nada. Me
refugio, desde hace mucho, en el
único lugar que me queda. Si bien
esta cárcel donde vivo me ha
arrebatado hasta el mismísimo
tiempo, se le olvidó llevarse este
espacio íntimo donde me escondo y
me encuentro con lo que queda de
mí. Ha sido aquí donde he visto todo
lo que fui, sentí y conocí, irse,
esfumarse en medio de esta nada
densa y pesada que me encierra.
Mi prisión es visitada por sombras
que van y vienen. No llegan nunca
aquí, donde estoy. Solo visitan las
cercanías de mi cárcel. La mueven de
un sitio a otro y la verdad poco me
importan. Ya no escucho sus voces
como antes. Ahora solo siento sus
presencias que juran Sé que no falta
mucho para que mi prisión se
derrumbe. He visto cómo las paredes
se han ido comprimiendo cada vez
más. La oigo crujir en las noches y la
nostalgia viene a visitarme y a
contarme historias añejas que me
parece haber oído en otras voces
tiempo atrás. Mi prisión se ha hecho
vieja y cuando se derrumbe seré por
fin libre. Le contare, a quien me
reciba luego de todo esto, qué resistí
lo irresistible.