Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 63
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
La cosa se agravaba si la humillación provenía de quien te hacía el café por
las mañanas. Así le ocurrió a Robert Schumann, digno acompañante de su
esposa Clara en una gira de conciertos que esta ofreció en Rusia de marzo a
mayo de 1844. La indignación del esposo (por entonces de gran reputación
en Europa, pero desconocido en el país de los zares) por el éxito alcanzado
por Clara se hizo visible en una de las entradas de su diario de viaje:
«Humillación casi insoportable y, por añadidura, el comportamiento de
Clara». Parece que el bochorno le duraba nueve años después, en 1853,
cuando acompañó a su esposa en una triunfal gira (de Clara) por Holanda.
Cuando los Schumann fueron recibidos en la Corte por el príncipe Wilhelm
Friedrich Karl von Oranien-Nassau, este miró con delectación a Clara y con
extrañeza a su marido, llegando a preguntarle si, por casualidad, también él
era músico. Como Robert le contestara afirmativamente el príncipe ya
demostró un interés sincero: «¿Y qué instrumento toca?». Aquella noche
Robert colgó el primer jirón de su hábito.
Pero no todo en Clara era orégano. Para ella su primer mandamiento era
aborrecer a Liszt por encima de todas las cosas, empezando por los teclados.
Le brotaban sarpullidos cada vez que reflexionaba sobre la peligrosa deriva
que estaba tomando en sus manos la línea de composición pianística,
absolutamente quebrada y maltratada. Su aversión llegaba a tal punto que
no sólo pidió a los editores que eliminaran el nombre de Liszt de la
dedicatoria que su esposo le había hecho en la Fantasía, Op. 17, sino que al
día siguiente de su muerte en 1886 esa mujer implacable se permitió asistir
al entierro aportando su propio granito de tierra: «Era un mal compositor, y
en este sentido fue también un mal ejemplo para muchos, aunque los
efectos no han sido tan devastadores. Sus composiciones son triviales y
tediosas; solía engañar a las personas con su encanto y virtuosismo, pero
esperemos que su muerte las haga desaparecer para siempre». Cuando Liszt
se presentaba en casa de los Schumann preguntando por el piano, la
intendente era capaz de cerrar la tapa y tragarse la llave con tal de no
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Preparado por Patricio Barros