Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 61
Historia insolita de la musica clasica I
No
importaba
qué
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interpretase,
no
sentía
Alberto Zurron
la
comunicación
con
el
instrumento. Era una suerte de tortura». Aquella avitaminosis artística la
solventó aprendiendo el español para ponerse a leer pronto las obras de
Blasco Ibáñez y de Ortega y Gasset. Tal arranque no merecería mención en
este capítulo si no fuera porque por entonces ya dominaba el polaco, el ruso,
el francés, el alemán, el inglés y el italiano. Talentoso para los idiomas era
también Béla Bartók. Con poco más de veinte años y reconocido ya en
Hungría como un genio aprovechó sus giras pianísticas internacionales para
aprender el inglés, el español y el eslovaco. Además llegó a dominar el
francés, el italiano, el rumano, el ruso y el alemán, idioma este último que,
sin embargo, se negó a emplear por una cuestión de ética. Quizá harto ya de
tantos idiomas útiles Bartók se empleó a fondo con los inútiles, y así adquirió
un ducho manejo en el árabe (1913) y el turco (1938). Arthur Rubinstein
tampoco lo hacía mal. Las ventajas de ser un hombre de mundo y hacer de
la memoria un instrumento de resistencia convirtieron su hemisferio cerebral
derecho en un asentamiento privilegiado. Cumplidos los treinta años ya era
capaz de desenvolverse con soltura en polaco, ruso, francés, inglés, alemán,
checo, italiano y su adorado español. Sin embargo había quien llevaba este
privilegio de la feracidad como un atlante con un peso sobre los hombros. Así
le ocurrió a Ferruccio Busoni, quien habiendo viajado a Londres en 1922 (58
años) para dar una gira de conciertos escribió a su madre: «Hoy he
almorzado con unos franceses. Tengo que hablar en francés, en inglés y a
veces en alemán; me las arreglo como puedo, pero el continuo cambio de
idioma me marea completamente». El mismo Chopin aprendió en el liceo
entre los quince y los dieciocho años francés, alemán, italiano y latín, aunque
Chaikovski se mostró algo más precoz, dado que con seis años hablaba con
soltura el alemán y el francés, y ya de adulto se tapó bien la nariz para
aprender el idioma de un pueblo al que aborrecía intensamente, como era el
inglés, todo por poder leer en el idioma original a Shakespeare, Dickens y
Thackeray. Especialmente obsesionado por los idiomas, además de por las
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Preparado por Patricio Barros