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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
su ópera Das Lebesverbot (La prohibición de amar), de la que sólo aceptaba
su obertura, pero en cuanto al resto la juzgaba «horrible», a excepción del
Salve regina coeli. Richard Strauss también fue otro ser doliente en el
viacrucis que llevaba desde la doble barra final de la partitura hasta los
titulares periodísticos que tanto necesitaba al día siguiente de sus estrenos.
El sonoro fracaso de su primera ópera, Guntram, alcanzó tales proporciones
que colocó una lápida en el patio trasero de su casa donde podía leerse:
«Aquí yace el venerable, a la par que virtuoso y joven, Guntram, que fue
horriblemente asesinado por la orquesta sinfónica de su propio padre.
¡Descanse en paz!». No corrió mejor suerte su Primera sinfonía, escrita a los
diecisiete años, que se vio inmediatamente estrenada sin pena ni gloria,
hasta el punto de suplicar a su padre Franz, también músico, que no enviara
la partitura a nadie y la sepultara en el desván de casa.
¿Haciendo trampas en el solitario?
En
otros
casos
los
arranques
de
destrucción
no
provenían
de
la
incompetencia, sino de algo actualmente muy de moda: ¡la intertextualidad!,
o sea, la apropiación más o menos fortuita de textos ajenos con el resultado
de un plagio aparente. Ebner, amigo de Schubert, revela en sus Recuerdos
cómo al concluir este su lied Die Forelle (La trucha, D. 550) lo ensayó en
público y fue severamente reprendido por haber tomado ideas de la Obertura
Coriolano de Beethoven, dada su semejanza en una concreta parte del
acompañamiento del lied, de manera que cuando el autor constató después
personalmente aquella fatalidad quiso destruir el lied, algo que sus amigos
impidieron con no poco esfuerzo.
Pajes y caballeros
Para el común de los músicos, atacados de común soberbia, no había peor
humillación que la de concluir una interpretación y no ver erigido un arco de
triunfo de platea a platea, sino un oleaje de cejas enarcadas, la más
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Preparado por Patricio Barros