Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 497

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron de las veces, sólo unas pocas líneas para decir que no podría ir a cenar. Cuando en 1896 se encontró sin medios para seguir pagando el alquiler de su habitación en el número 6 de la rue de Cortat, en Montmartre, Satie la cambió por un cuartucho en el mismo edificio al que llamó «mi armario». Pues bien, se notificó a sí mismo su propio traslado enviándose por correo una ceremoniosa carta caligrafiada en tinta negra y roja cuya redacción a buen seguro le llevó varios días. Chaikovski ponía aquella misma empeñada lentitud a la hora de escribir en la partitura, que consideraba objeto tan sagrado como cualquier pergamino medieval, donde no era posible la corrección sin echar a perder el material. Carta a la señora Von Meck: «Para mí una partitura de orquesta no es solamente un placer anticipado al del oído, sino incluso una satisfacción inmediata a los ojos. Por eso observo en mis partituras el más meticuloso cuidado, y no soporto ningún borrón, ninguna corrección, ninguna mancha de tinta. Algún día haré exhibición de mi maestría caligráfica musical delante de usted». En el extremo opuesto se hallaban Puccini o Janáček. Los manuscritos del primero eran auténticos galimatías, llenos de tachones, dibujos, caricaturas y notas borradas o sobreescritas. En cuanto a Janáček las correcciones se cruzaban y descruzaban para formar una especie de delirium tremens, hasta el punto de que en una de las partituras figura esta anotación: «Última corregione giuro», es decir, «la última corrección, lo juro». Manuel de Falla dio no poca importancia al redactado de las cartas en los últimos años de su vida. El que fue su secretario personal en Mallorca, Luis Jiménez, contaba cómo pasaban largo rato en la redacción de un telegrama, ya que Falla buscaba la expresión más adecuada para la despedida, sin decidirse por «saludos», o un «afectuoso saludo», o un «cariñoso saludo», de manera que «aquel día paraba la cosa en un cordialísimo saludo o algo equivalente». Alban Berg casi llegaba a dislocar los huesos de la mano para extraer de ella 497 Preparado por Patricio Barros