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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
siempre con algo: su sombrero, sus bolsillos, la cadena de su
reloj, las sillas… Como si fuera un teclado.
Emmanuel Chabrier era un amante de la pintura, así que de joven viajó a
Holanda para conocer de cerca la escuela flamenca. Vio muchos cuadros,
pero pianos ninguno. Los diez días que estuvo sin tocar le llevaron a
acordarse muy a menudo de la madre de todos los holandeses, pero también
especialmente de la suya: «A veces mis dedos se deslizan por encima de una
mesa, o por el sombrero, o por la espalda del vecino, por todo lo que se me
pone por delante», se desahogaba con ella por carta. Glenn Gould necesitaba
tocar el piano al menos una vez al mes durante un par de horas para poder
conciliar el sueño. De ello se dio cuenta paseando por Terranova como un
turista más, cuando se percató de que llevaba durmiendo varios días tan sólo
tres o cuatro horas. Se lanzó a buscar un piano que encontró en los estudios
de la CBC, tocó y… «¿Sabe qué? —confesaba a un entrevistador—. Por la
noche dormí como un bebé».
De mayor quiero ser escriba
En otra vida muchos músicos parece que hubieran anhelado ser escribas, a
juzgar por todo el tiempo que perdieron en perfeccionar su intrascendente
caligrafía. El pequeño Satie daba la talla mirado desde tal lupa de aumento.
Al compositor francés Jean Wiéner le fascinaban la caligrafía preciosista de
su colega y las muchas horas que invertía en ella:
Le llevaba veinte minutos escribir un pneumatique de seis
líneas […]. En una ocasión en mi casa, después de la cena,
Satie me pidió materiales de escritura. Le dejé (con una botella
de champán cerca) para que cumpliera con esta delicada
tarea.
Cerca
de
una
hora
y
media
más
tarde,
recién
comenzaba a dibujar la dirección; y estas cartas eran, las más
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Preparado por Patricio Barros