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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
conocido y tratado en vida había provocado la renovación física y psicológica
de todo su ser. Su delirio por su Tercera sinfonía fue tal que cuando la
estrenó en Meiningen… ¡la bisó completa! El propio Von Bülow, no sólo
afamado pianista, sino también prestigioso director, fue tributado con el
interés de quien le sobrepasaría con creces, y es que cuando llegó a Kassel
en 1884 con su orquesta de Meiningen, un joven Mahler, por entonces
director titular de la orquesta de la ciudad, le escribió en estos términos: «Le
ruego que me lleve con usted como sea posible y me deje ser su alumno,
incluso aunque tenga que pagar las clases con mi propia sangre».
Paderewski tenía de joven una estrella por la que hubiera dado su sangre
con tal de recibir un solo rayo de su luz: Anton Rubinstein. Con veinticinco
años el polaco ya tenía plaza de profesor en el conservatorio de Estrasburgo,
pero cuando el ruso le hizo llegar el mensaje de que le gustaría conocerle en
París por haber oído hablar de su talento apostó aquella plaza por aquel viaje
para él sólo comparable al que hizo Dante con Virgilio en la Divina comedia.
Paderewski ahorró rabiosamente para sacar el billete a París, donde
Rubinstein se hallaba de gira, hasta el punto de que en el conservatorio
empezaron a verle… ¡en zapatillas!, ello para estirar sus zapatos rotos y
evitar una dolorosa reposición que le hubiera dejado sin
comunión
eucarística. En cuanto a Schumann, soportó en Leipzig el estudio de la
carrera de Derecho porque Schubert existía y poco más. Cuando este murió
en noviembre de 1828 tenía Schumann dieciocho años. Se pasó toda la
noche llorando.
Pero hubo que esperar a 1892 para saber lo que era admirar desde los callos
de los pies hasta la caspa del cabello. Aquel año, Erik Satie conoció a Claude
Debussy y años después el primero escribió una biografía sobre el segundo
en la que puede leerse: «Nada más verle por vez primera me sentí atraído
por él y anhelé vivir para siempre a su lado. Durante treinta años he tenido
la dicha de ver cómo este deseo se hacía realidad. Nos entendíamos con
medias palabras, sin explicaciones complicadas». Ni en el Diario de Clara
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Preparado por Patricio Barros