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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
semanas y la aventura le costó incluso dinero, pues hubo de dejar como
sustituto en la iglesia a su primo Johann Ernest Bach, al que pagó los
honorarios correspondientes.
En 1824 Paganini tenía cuarenta y dos años y se hallaba en el cénit de su
fama, dueño de una técnica incomprensible para músicos y críticos. Unos se
limitaban a alabarle desde las butacas o desde los periódicos, pero otros no
se conformaban con esas migajas. Querían la barra de pan entera, y hasta
echarse a dormir cada noche en el horno que cada día la hacía posible. Tal
fue lo que le pasó a un por entonces joven y muy voraz Giacomo Meyerbeer
(33 años), que perseguía a Paganini allá donde tocaba para tratar de
esclarecer el milagro de su arte. Meyerbeer se mezclaba entre el público y
cuando llegaba el momento de ovacionar él lo hacía con lágrimas en los ojos
y en la boca estas palabras: «Angelo del Paradiso!». Puccini amplió los
registros de su pequeño mundo cuando el 11 de marzo de 1876 (17 años) se
representó Aida en Pisa, decidiendo recorrer a pie junto a unos amigos los
treinta kilómetros que la separaban de su pequeña Lucca, más otros treinta
de regreso con el corazón perturbado y henchido. Brahms admiró a Verdi
para siempre con una obra que siempre consideraría capital, su Réquiem,
escrito en 1874, estilo en el que el propio alemán estaba profundamente
versado, al componer el suyo en 1868. Habiendo oído hablar a Von Bülow en
términos muy despectivos de ese Réquiem, Brahms, que aún no conocía la
obra, se dirigió inmediatamente a la casa de música Hug, en Zúrich, compró
una transcripción para piano y, tras leerla íntegramente, sentenció: «Von
Bülow se ha puesto en ridículo para toda su vida; sólo un genio pudo haber
escrito esto». Parece una broma que alguien tan pagado de sí mismo como
el propio Von Bülow pudiera rendir abiertos homenajes sin caérsele los
anillos, pero los rendía, ¡y vaya cómo! Su pasión por Beethoven le llevaba a
dirigir la Novena en la primera parte del concierto para volver a interpretarla
tras el descanso, o bien la Tercera, según le viniese en gana. La adoración
hacia Brahms era decuplicada, llegado al extremo de manifestar que haberle
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Preparado por Patricio Barros