Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 490
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Ya hemos visto cómo la música actuaba como una varita mágica que,
tocando los oídos, hacía más milagros en el espíritu que el rey Midas en los
objetos con su envidiable tacto, siendo Wagner quien más estrellitas lograba
sacar a esa galaxia con mango. Pero no fue el mago de la Colina Verde el
único en rendir semejante servicio a la posteridad; el hoy muy olvidado
Gluck fue artífice de tal furor en Berlioz que cualquiera hubiera hecho bien en
vestirle con una camisa de fuerza a mitad de sus trances. Estudiaba todavía
el glorioso Héctor la carrera de medicina que le había impuesto su padre
cuando juzgó más lícito cambiar la reverencia de su padre vivo por la de otro
fallecido muchos años atrás. Así lo cuenta en su Autobiografía: «Leí y releí
las partituras de Gluck, las copié y las aprendí de memoria; por culpa de
ellas perdí el sueño, me olvidé de comer y de beber y hasta deliré. Y el día
en que, por fin, después de una espera ansiosa me fue dado oír Ifigenia en
Táuride juré al salir de la ópera que, a pesar de mi padre, de mi madre, de
mis tíos, de mis abuelos y de mis amigos, yo sería músico».
No menos fervor demostraba el propio Gluck por Händel, éste diecinueve
años mayor, hasta el punto de tener en su dormitorio un retrato suyo para
que fuera lo primero en iluminarle al abrir los ojos cada mañana. En cuanto
al fervor que Scriabin profesaba a Chopin le llevó a padecer a buen seguro
relevantes cuadros de cervicalgia, ya que gustaba de dormir con un volumen
de sus obras bajo la almohada.
La pasión que movía a Johann Sebastian Bach por Dietrich Buxtehude no era
la de san Mateo ni la de san Juan, sino la de un conglomerado de tubos,
pedales y teclas, y es que con veinte años papá Bach ya había alcanzado tal
grado de perfección en la interpretación del órgano que la guinda del pastel
sólo podía hallarse a trescientos cincuenta kilómetros de allí, de Arnstadt,
donde trabajaba de primer organista en la iglesia Nueva, así que agarró el
petate y se recorrió a pie esa distancia, que era la que separaba Arnstadt de
Lübeck, donde Buxtehude vivía y a donde se fue sólo para escucharle tocar.
Fueron diez días de ida y otros diez de regreso. Permaneció allí unas dieciséis
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Preparado por Patricio Barros