Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 481

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron entonces el músico practicó con frenesí. En esa práctica cayó Giuseppe Verdi en su ancianidad, ya que en el idioma de la música lo había dicho todo y se trataba de rellenar la vida residual de la manera más entretenida posible, tal como relató un joven periodista que seguía al compositor allá por donde iba. Crónica de su estancia en el balneario de Montecatini (Pistoia, región de La Toscana) en julio de 1898 (84 años): «Antes de acostarse pasaba un rato jugando a las cartas, tresette o briscola, que siempre le ponían de buen humor rápidamente. Se jactaba de ser muy hábil en tales juegos». Su ayudante Muzio dejó escrito que solían jugar una hora diaria, de doce a una de la tarde. Tampoco le quedaba a Paderewski mucho margen para el esparcimiento en su segunda gira por Estados Unidos en enero de 1892 (21 años), así que invertía en jugar a las cartas con su secretario personal unas horas antes de acostarse. Cuando en diciembre de 1929 Prokófiev embarcó en Francia para dar una gira por Estados Unidos se encontró en el barco a un amigo con el que felizmente pasó el resto de la travesía: Rachmaninov. Este invitaba a diario a Serguéi y a Lina a su camarote, y en él no se hablaba casi de música ni se cotilleaba, dado que empleaban la mayor parte del tiempo en hacer solitarios. La afición ya le venía a Prokófiev de antiguo teniendo en cuenta que se casó con Lina en 1923 y tres meses después del enlace dejaba esta entrada en su Diario: «Por la tarde estuve corrigiendo el Tercer concierto (para piano) y haciendo un solitario». Cuando Anton Webern y Schönberg se encontraban hablaban mucho de música hasta que llegaba el momento de jugar a las cartas; a partir de ahí no eran las escalas, sino las escaleras de colores las que mandaban. En el verano de 1918 Webern había encontrado una casa cerca de la de Schönberg en Mödling (Austria) y a ella iba todos los días, siendo el momento cumbre cuando después de cenar llegaban las partidas de whist o tarock. Cuando Schönberg no le daba a la baraja le daba al ajedrez, aunque tal fue su dominio que terminó por quedársele corto, y como las 64 casillas le parecieran pocas diseñó uno de 100 que llamó el Hundert-Schach, el «Ajedrez de Cien». En cuanto a 481 Preparado por Patricio Barros