Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 480

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron descubrimientos mucho más importantes que el de la rueda, el vapor o la electricidad. La música está plagada de excelsos jugadores de cartas a los que había que tirar de las pantorrillas para separarlos de la mesa. Las cartas y Nadezhda von Meck ocuparon mucho tiempo en la soledad de Chaikovski. Solía jugar tras la cena y la pérdida de una partida suponía para él un desconsuelo casi comparable a la falta de inspiración, impediéndole incluso conciliar el sueño. De Mozart podías hacerte inmediatamente amigo si dominabas los secretos del billar, ya que él mismo era un jugador excelente y orgulloso dueño de una magnífica mesa en la que siempre jugaba (y ganaba) con sus invitados. En Richard Wagner el juego no fue un entretenimeinto, sino un vicio, un octavo pecado capital. A las pruebas me remito, en concreto a la confesión que hace en su Autobiografía reconociendo haberse jugado la pensión mensual de su madre recién cobrada por él como desleal mandatario. El vicio de Richard Strauss era el skat, al que jugaba normalmente los jueves, de seis a once de la noche. La arruga, más que bella, suele ser viciosa. En su vejez fue frecuentemente invitado a Estados Unidos para dirigir las orquestas de Nueva York y Filadelfia, y como una de las pocas ventajas de la edad estribaba en conocerse de memoria los programas le quedaba tiempo para organizar partidas de póker que duraban hasta la madrugada. A Stravinski también le dio por el póker, hasta el punto de rendirle tributo con una coreografía a la que tituló Juego de cartas, fruto de una ensoñación a bordo de un carruaje de caballos, embargándole tal felicidad que «detuve al cochero y le invité a tomar una copa conmigo», según declaró al diario Le Jour. Otro jugador de cartas empedernido era Puccini. Cuando se fue a vivir a Torre del Lago siendo ya una celebridad solía frecuentar un parador cercano para jugar durante horas a la brisca, al póker y a la scopa. El «amor de tres naranjas» para Schönberg era un exprimido de música, pintura y tenis, pero ello hasta 1950, cuando un año antes de su muerte le visitó en Los Angeles el director de orquesta austriaco Fritz Stiedry, quien le enseñó el llamado «solitario de Napoleón», que desde 480 Preparado por Patricio Barros