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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Offenbach amasó una fortuna considerable con los derechos de sus óperas,
lo que, además de muchos otros placeres, le permitió comer casi siempre
fuera de casa, dejando usualmente plantados a su mujer y a sus hijos para
irse al restaurante Peters y pedir siempre lo mismo: un huevo pasado por
agua, una chuleta y un cigarro. En 1892 Brahms tenía 58 años, una edad en
la que ya podía permitirse descuidar los niveles de inspiración, pero no los de
colesterol. Para los primeros se bastaba a sí mismo; para los segundos se
valía de Frau von Miller, que le era de gran ayuda a juzgar por las entradas
de su Diario, donde figuran las cenas que hizo al músico. El menú del 20 de
febrero de 1892 consistía en consomé de sesos, ensalada de langosta,
solomillo con guarnición de verduras, jamón cocido al Madeira, perdiz con
avellanas, helado, pastas, champán y café. No consta que Brahms tuviera
esa noche más invitados que sus triglicéridos, como tampoco es probable
que invitara a Wagner a cenar en algún momento de su vida, dado que este
practicaba el vegetarianismo y aseguraba que el mundo podría salvarse si se
comieran verduras en lugar de animales. Balakirev no era de estómago tan
dimensionable como para admitir lo que se le echara; sin embargo tenía una
peculiar forma de emitir juicios críticos sobre las obras de sus colegas que
sólo él y quizá Rossini hubieran podido entender. No es de extrañar el enfado
de Rimski-Korsakov cuando le mostró su Sinfonía nº 1 para recabar su juicio
detallado. Balakirev no se fue por las ramas, sino por las baldas del
frigorífico. «Era incapaz de explicarme claramente los defectos de forma —
contaba Rimski en sus memorias—. Como siempre, empleaba términos
culinarios en vez de vocablos sacados de la sintaxis o de la lógica y me decía
que mi obra poseía salsa y pimiento colorado, pero que carecía de rosbif,
etc». Albéniz era un buen gastrónomo y las fotografías dejan fiel testimonio
de ello. Cuando comía fuera de casa acostumbraba a pedir todos los platos a
la vez e iba comiendo un poco de cada uno con gran rapidez. Cuenta Arbós
que nada le placía más que repantigarse en la silla y comer butifarra
catalana con largos sorbos de ginebra. Así fue como llegó a ser dueño de una
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Preparado por Patricio Barros