Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 473

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Offenbach amasó una fortuna considerable con los derechos de sus óperas, lo que, además de muchos otros placeres, le permitió comer casi siempre fuera de casa, dejando usualmente plantados a su mujer y a sus hijos para irse al restaurante Peters y pedir siempre lo mismo: un huevo pasado por agua, una chuleta y un cigarro. En 1892 Brahms tenía 58 años, una edad en la que ya podía permitirse descuidar los niveles de inspiración, pero no los de colesterol. Para los primeros se bastaba a sí mismo; para los segundos se valía de Frau von Miller, que le era de gran ayuda a juzgar por las entradas de su Diario, donde figuran las cenas que hizo al músico. El menú del 20 de febrero de 1892 consistía en consomé de sesos, ensalada de langosta, solomillo con guarnición de verduras, jamón cocido al Madeira, perdiz con avellanas, helado, pastas, champán y café. No consta que Brahms tuviera esa noche más invitados que sus triglicéridos, como tampoco es probable que invitara a Wagner a cenar en algún momento de su vida, dado que este practicaba el vegetarianismo y aseguraba que el mundo podría salvarse si se comieran verduras en lugar de animales. Balakirev no era de estómago tan dimensionable como para admitir lo que se le echara; sin embargo tenía una peculiar forma de emitir juicios críticos sobre las obras de sus colegas que sólo él y quizá Rossini hubieran podido entender. No es de extrañar el enfado de Rimski-Korsakov cuando le mostró su Sinfonía nº 1 para recabar su juicio detallado. Balakirev no se fue por las ramas, sino por las baldas del frigorífico. «Era incapaz de explicarme claramente los defectos de forma — contaba Rimski en sus memorias—. Como siempre, empleaba términos culinarios en vez de vocablos sacados de la sintaxis o de la lógica y me decía que mi obra poseía salsa y pimiento colorado, pero que carecía de rosbif, etc». Albéniz era un buen gastrónomo y las fotografías dejan fiel testimonio de ello. Cuando comía fuera de casa acostumbraba a pedir todos los platos a la vez e iba comiendo un poco de cada uno con gran rapidez. Cuenta Arbós que nada le placía más que repantigarse en la silla y comer butifarra catalana con largos sorbos de ginebra. Así fue como llegó a ser dueño de una 473 Preparado por Patricio Barros