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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
una mujer le pidió que se callara de una vez y comenzara a tocar en honor al
alto precio que había pagado por la entrada. Glenn ya no volvió a dirigirse a
los espectadores, pero en compensación les tributó con un canturreo
innegociable que, como una corriente telúrica continua, está presente en
todas sus grabaciones discográficas. Preguntado en una entrevista sobre
aquel mal hábito contestó: «No lo puedo evitar. Si pudiera lo evitaría. Es un
incordio terrible. No me gusta nada. Sólo puedo decir en mi descargo que
toco mucho peor si no me permito esas pequeñas licencias vocales».
Ferruccio Busoni aplicaba con fidelidad una de las recomendaciones de la
Biblia como era que la mano izquierda no supiera lo que hacía la derecha, y
es que cuenta Arbós que cuando en sus recitales hacía malabarismos y
florituras con la mano derecha se metía la izquierda en el bolsillo y ahí la
dejaba. Eugene d’Albert por fuerza debía tocar con la mano fuera del bolsillo,
ya que tenía por costumbre llenarlos de manzanas al salir al escenario,
irrupción que hacía, por cierto, sujetándose la melena con horquillas, algo
que debía de traer locas a las mujeres. Se casó seis veces y a su sexta
esposa la llamaba la Pastoral. Calculo que con un tipo como aquel la Heroica
no fue sólo la tercera…
Wagner: una córnea en el ojo del huracán
Ya hemos visto en el capítulo dedicado a las fobias la eficaz forma en la que
muchos compositores utilizaban como emético la música de Richard Wagner.
Otros, sin embargo, la recibieron más que como un soplo de aire fresco como
un soplo de corazón, un denso friso de escenas y armonías nunca antes
escuchadas al que muchos saltaron para dejarse morir en su belleza.
Chabrier a punto estuvo de volverse loco con la música del alemán. En 1879
(38 años) se arriesgó a perder su puesto en la sección de Duplicados del
Ministerio del Interior francés al escaparse a Múnich para escuchar por
primera vez Tristán. Allí un terremoto le recorrió de la cabeza a los pies.
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Preparado por Patricio Barros