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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Por consiguiente, nos arrastrábamos por las carreteras de Francia, en su
minúsculo auto nuevo de cuatro asientos, a razón de treinta kilómetros por
hora. Había calculado hasta la última partícula de nuestro tiempo a esa
velocidad promedio y planeaba todas las paradas por anticipado. Adonde
quiera que fuéramos teníamos que llegar a la hora X en punto y volver a
partir de la misma manera». Cierta ocasión en la que Nabokov y Lina
Prokófiev se retrasaron en una visita turística durante unos minutos más de
la cuenta sobre la hora impuesta por Serguéi el mundo se hundió bajo sus
pies:
Fuimos corriendo al hotel a sabiendas de lo que ocurriría —
escribió Nabokov—. En efecto, Prokófiev nos esperaba muy
enfadado. Cuando estalló en cólera Lina Ivánovna rompió a
llorar, cosa que le enfadó aún más. Gritó: «¿Qué maneras son
esas? ¿Por quién me tomáis? Soy simplemente vuestro
sirviente, estoy para cumplir vuestras órdenes, ¿verdad?
Podéis coger la maleta e iros en tren».
Ese Chaplin que todos llevamos dentro (unos más que otros)
Los amos indiscutibles del escenario ya se sabe quiénes eran. Han acertado.
Los intérpretes. Esos seres más prendidos de la tramoya que del arte cuando
se trataba de dar no muchas notas, sino una sola; es decir, de dar la nota.
Ya hemos visto que, a veces, Von Bülow entraba al escenario con guantes,
sombrero y bufanda, si bien la pianista Natalie Janotha le superaba, ya que
en sus contratos exigía subirse con su perro. La pianista alemana Sophie
Menter, contemporánea de Liszt, no tenía perro, pero sí un vestuario rabioso
que no dudaba en exhibir al público, ya que salía a escena plagada de joyas,
incluyendo una tiara de oro y diamantes, dos collares de piedras preciosas y,
agujereando todo el vestido, numerosos alfileres, prendedores, mariposas y
brillantes. El portaequipajes incluía una copia de su testamento y una bolsita
oculta bajo la falda donde llevaba las joyas que no le habían cabido en sus
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Preparado por Patricio Barros