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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
extremidades. Los había que en mitad del escenario se comportaban con la
misma familiaridad que en su casa. Anton Rubinstein dirigía su ópera El
demonio cuando en la segunda escena
vio que
aquello no estaba
suficientemente iluminado, así que detuvo la ejecución con unos golpes de
batuta, pidió a voces un aumento de luz y cuando se materializó la orden el
maestro siguió donde lo había dejado. Algo similar hizo Paderewski en 1932
en Florencia, con las licencias que le otorgaban su fama, la paddymanía
americana y su aval como primer ministro de Polonia trece años atrás. De
repente se interrumpió a mitad de una pieza, tocó una sola tecla durante
varios minutos, se levantó y salió del escenario; entró el afinador a remediar
aquel desaguisado quizás imaginario y cuando se retiró tras la ejecución de
varias pruebas entró el pianista, que repitió la operación monopercusiva, tras
la cual, insatisfecho con el resultado, se levantó y volvió a marcharse. El
afinador volvió por segunda vez, hizo lo mismo que antes y cuando entró
Paderewski todo estaba resuelto al parecer, por lo que prosiguió ya hasta el
final. Pero ningún músico poseía tantos recursos escénicos como Liszt. Su
concierto en San Petersburgo en la primavera de 1842 fue apoteósico desde
que saltó al escenario. Hablo literalmente. El crítico Vladimir Stasov se hizo
eco de aquel triunfo, es decir, de aquel divismo, narrando cómo el pianista
estaba mezclado entre el público, charlando, cuando de repente se fijó en la
hora y, presto, «atravesó la multitud dirigiéndose al escenario. Pero en lugar
de ascender por los escalones dio un salto y una vez arriba se quitó los
guantes blancos de cabritilla, que dejó caer indiferentemente al suelo, por
debajo del piano». Los tres mil espectadores no cupieron en sí de júbilo. Su
futuro yerno, Hans von Bülow, ponía algo más de cuidado con los guantes…
¡y con la Heroica de Beethoven!, que siempre dirigía enfundado en unos
guantes blancos que se cambiaba por unos negros al llegar a la Marcha
fúnebre. La obsesión por esta prenda también persiguió a Bellini, habiendo
encargado un buen día de enero de 1828 a su amigo Francesco Florimo dos
docenas de pares de guantes con la excusa de que uno nunca tenía
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Preparado por Patricio Barros