Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 464

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron extremidades. Los había que en mitad del escenario se comportaban con la misma familiaridad que en su casa. Anton Rubinstein dirigía su ópera El demonio cuando en la segunda escena vio que aquello no estaba suficientemente iluminado, así que detuvo la ejecución con unos golpes de batuta, pidió a voces un aumento de luz y cuando se materializó la orden el maestro siguió donde lo había dejado. Algo similar hizo Paderewski en 1932 en Florencia, con las licencias que le otorgaban su fama, la paddymanía americana y su aval como primer ministro de Polonia trece años atrás. De repente se interrumpió a mitad de una pieza, tocó una sola tecla durante varios minutos, se levantó y salió del escenario; entró el afinador a remediar aquel desaguisado quizás imaginario y cuando se retiró tras la ejecución de varias pruebas entró el pianista, que repitió la operación monopercusiva, tras la cual, insatisfecho con el resultado, se levantó y volvió a marcharse. El afinador volvió por segunda vez, hizo lo mismo que antes y cuando entró Paderewski todo estaba resuelto al parecer, por lo que prosiguió ya hasta el final. Pero ningún músico poseía tantos recursos escénicos como Liszt. Su concierto en San Petersburgo en la primavera de 1842 fue apoteósico desde que saltó al escenario. Hablo literalmente. El crítico Vladimir Stasov se hizo eco de aquel triunfo, es decir, de aquel divismo, narrando cómo el pianista estaba mezclado entre el público, charlando, cuando de repente se fijó en la hora y, presto, «atravesó la multitud dirigiéndose al escenario. Pero en lugar de ascender por los escalones dio un salto y una vez arriba se quitó los guantes blancos de cabritilla, que dejó caer indiferentemente al suelo, por debajo del piano». Los tres mil espectadores no cupieron en sí de júbilo. Su futuro yerno, Hans von Bülow, ponía algo más de cuidado con los guantes… ¡y con la Heroica de Beethoven!, que siempre dirigía enfundado en unos guantes blancos que se cambiaba por unos negros al llegar a la Marcha fúnebre. La obsesión por esta prenda también persiguió a Bellini, habiendo encargado un buen día de enero de 1828 a su amigo Francesco Florimo dos docenas de pares de guantes con la excusa de que uno nunca tenía 464 Preparado por Patricio Barros