Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 462
Historia insolita de la musica clasica I
www.librosmaravillosos.com
Alberto Zurron
Maxim que su padre era tan meticuloso que tenía anotados en su agenda los
días en los cuales debía acudir al peluquero o al dentista, visitas que se
producían invariablemente cada dos meses, aunque no las necesitara.
También el puntual funcionamiento del servicio postal era algo que
obsesionaba a Dmitri, y si no véase lo que recordaba su hija Galina al
respecto: «Cuando estrenamos la dacha en las afueras de Moscú papá envió
una postal a su propio nombre para controlar si llegaba y en qué plazo lo
hacía». En cuanto a la limpieza era un requisito indispensable hasta para
quien se acercara a pedirle un autógrafo. Recuerda Galina que cuando en
1960 se compró una casa en Zhúkovka se limitó a abrir el grifo del cuarto de
baño y comprobar con satisfacción que salía agua, tras lo cual embocó la
segunda y última prueba: tirar de la cisterna. Superados ambos obstáculos
exclamó: «¡Me la compro!». Aquello fue suficiente. «No siguió examinando
otras dependencias ni subió a la primera planta, ni miró cómo estaba el
tejado o qué pasaba en el sótano. Le interesaba sólo una cosa: ¡el suministro
de agua!». Richard Strauss vivía en su mansión de Garmisch atenazado por
las normas sobre la limpieza. Cuando el crítico Deems Tylor le entrevistó allí
el músico salió a recibirle y le acompañó al interior, pero antes de entrar
perdió un buen tiempo limpiándose los zapatos en un felpudo húmedo, acto
que repitió unos metros después en un felpudo seco y, tras atravesar el
umbral, en un tercer felpudo de goma. El crítico entendió que no estaba ante
un neurótico, sino ante un hombre casado. Y con Pauline nada menos.
Con una cita impuntual a Prokófiev se le sacaba mucho más de sus casillas
que con una pelota de tenis. Llevaba la cuestión de la rigidez horaria más
atada que a un perro clasificado como especie peligrosa. El compositor
Nikolai Nabokov era un sufrido amigo de la familia que se arriesgó a viajar
en más de una ocasión con Serguéi al volante. Cuando esto ocurría las
vicisitudes nunca estaban en la carretera, sino en el interior del vehículo.
«Conducía con lentitud, con excesiva cautela —recordaba tiempo después
Nabokov— y nos sacudía cada vez que tenía que hacer cambios o detenerse.
462
Preparado por Patricio Barros