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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
amaba los regalos en luna llena la errabas por la menguante. Berg tenía la
costumbre de regalar algo a Schönberg por Navidad, y en 1926 decidió
encargarlo a su amigo Soma Morgenstern en una prolija carta llena de
indicaciones, debiendo adjuntar agua de colonia y no colonia pura o perfume,
pautándole la medida, circunscrita a una botella grande, dos medianas o de
tres a cinco pequeñas, advirtiendo que bajo ningún concepto fueran de paja
entrelazada y que en modo alguno fueran entregadas al músico más allá de
la noche del 24 de diciembre, ya que «Schönberg es muy sensible a este
respecto». La carta finalizaba con una recapitulación de puntos sobre el eau
de cologne y aún quedaba ampliada con nuevos puntos. El propio Berg
amaba la puntualidad hasta el extremo de llegar a sus citas bastante antes
de la hora convenida. Contaba Theodor Adorno cómo la tendencia se
convertía en morbosa cuando se trataba de coger un tren, acostumbrando a
llegar a la estación varias horas antes. En una ocasión Berg le contó que
llegó a perder uno a pesar de llevar tres horas esperándolo. Toscanini
fundamentó su vida musical en dos divisas: orden y memoria. La segunda
estaba a la vista de los demás. La primera… sólo a la vista del maestro.
Prueba de ello es que llegaba a interrumpir los ensayos desde el foso para
dirigirse al proscenio y pasar revista a los zapatos de los miembros del coro.
Metódico y perfeccionista era el pianista Rudolf Serkin, al menos al principio
de su carrera discográfica, ya que si en la grabación se atisbaba un error al
final de un movimiento no aprovechaba los recursos técnicos del estudio
para corregirlo. ¡Qué va! Insistía en volver a tocar no ese pasaje concreto, ni
siquiera ese movimiento, ¡sino la pieza completa desde el principio!
Shostakovich era de formalidad castrense en sus clases del conservatorio de
San Petersburgo, donde accedió a una plaza docente a los treinta años. No
sólo trataba de usted a todos los alumnos, sino que además les enviaba un
telegrama a cada uno cuando algún imponderable le impedía acudir ese día a
las clases. A Shostakovich no le agradaban en exceso las visitas cuando
había de recibirlas, pero aquellas que él debía girar eran sacrosantas. Cuenta
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Preparado por Patricio Barros