Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 46

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron deriva atonal que estaba adoptando la música de principios del siglo XX y vio en Strauss el paladín de los infiernos (por suerte se murió antes de sufrir la segunda Escuela de Viena), de manera que escribió a su amiga Sybil: «¡Electra, qué horror! Salomé pasa… ¡pero Electra es demasiado!». Hasta aquí bien se ve que el concepto de fraternidad rusa es sólo un señuelo, un candoroso sofisma. El arribismo, la envidia o la exploración en polos antitéticos del mundo musical rompían las más veces toda forma de entendimiento. Cuando Nikolai Nabokov preguntó a Stravinski qué opinaba de El paso de acero éste respondió que «en esta partitura Prokófiev miente en cada nota». El propio Stravinski dejó bien claro lo que pensaba de Stockhausen y del siglo XVIII cuando declaró que las obras de aquél eran más aburridas que la más aburrida música de aquel siglo. Rachmaninov no hacía de su música un ejercicio aburrido, sino penetrantemente reflexivo, aunque para Aaron Copland no era la más oportuna para escuchar un sábado por la tarde con sus amigos, llegando a confesar que sus sinfonías y sus conciertos para piano le deprimían: «Todas esas notas, pienso, ¿con qué fin?», clamaba. Del mismo pensamiento abigarrado era Mijaíl Glinka respecto del aluvión de notas con que Liszt condenaba a sus oyentes varones (lo de ellas era otro cantar). Cuando éste viajó a San Petersburgo en la cumbre de su fama para dar una serie de recitales ante el zar y la corte imperial el viejo Glinka sentenció como correspondía desde su conservadurismo ortodoxo: «Golpeaba las teclas como si estuviera picando carne». A Scriabin también se le disparaban los jugos gástricos en una especie de centrifugado cuando hablaba del estilo pianístico de Rachmaninov, al que calificaba de dudosamente comestible. Concedía, eso sí, a su interpretación un «sonido muy hermoso», pero el complejo Scriabin no podía conformarse con una sentencia tan banal, y así como Mallarmé una vez terminado un poema lo reescribía para, según él, «añadirle oscuridad», Scriabin dificultó nuestra comprensión cuando añadió como coda que en el sonido de Rachmaninov también había «mucho materialismo, mucha carne», rematando la reflexión 46 Preparado por Patricio Barros