Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Seite 451

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Otra pieza fundamental de su atuendo era el pañuelo. Cuenta René Chalupt que, dirigiendo Ravel en Biarritz, comprobó con horror justo antes de subir al podio que lo había olvidado en el camerino. El pianista que le acompañaba, Robert Casadesus, supo de la tragedia y le ofreció inmediatamente el suyo: el compositor lo rechazó porque sus iniciales no coincidían con las suyas. Al francés le cató rápidamente Alma Mahler, quien le alojó en su casa de Viena en 1920 durante tres semanas que por lo visto no tuvieron desperdicio: «Era un narcisista —reflejó en su diario—. Venía a desayunar maquillado y perfumado; le encantaban las batas de satén brillantes que usábamos por la mañana». Puccini era demasiado tímido como para estar todo el día en la calle, pero no por ello perdió su tendencia al esnobismo, ya que llegaba a cambiarse de ropa cinco o seis veces al día. ¡Quién sabe si el acto de dar a luz a sus heroínas le hacía sudar más de la cuenta! No sé de cuántas bufandas disponía Stravinski, pero lo cierto es que siempre llevaba alguna a todas partes. En el verano de 1917 (35 años) conoció a André Guide en Lausanne (Suiza) y un testigo recuerda haberle visto con una bufanda al cuello a pesar del calor, como también sacar una armónica del bolsillo y deleitar a Guide con estas palabras: «Voy a tocarle un poco de Wagner». Stravinski era de los que gustaba trucar su kilometraje vistiendo cuarenta años por debajo de su edad real. La edad textil y la biológica no se comunicaban por roces, sino por señales de humo, tal era lo que se distanciaban. Cercana la setentena hay un delicioso testimonio que le concierne dejado por Maria Huxley, la esposa de Aldous, con motivo de una visita que los Stravinski les hicieron a su casa en 1951: Anoche Stravinski llegó con un atuendo precioso: un pantalón vaquero ajustado y una chaqueta, tambien vaquera, con cremallera que dejaba ver un jersey burdeos, con un pañuelo de seda sujeto con un alfiler. Tenía un aspecto encantador y parecía feliz. Se me olvidaban los calcetines blancos y las sandalias. No sé muy bien lo que me recuerda, si un 451 Preparado por Patricio Barros