Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 450

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron desmontables. Hasta ahí todo parece normal, pero es que «¡se compró doce docenas! —exclamaba Cendrars—. Doce docenas de cuellos desmontables. Una barbaridad». Noviembre de 1887 fue una fecha clave para Satie. No me refiero a la clave de sol, sino al verbo clavar, ya que que se desclavó para siempre una vestimenta y se clavó otra asegurándola como la tapa de un ataúd. Recién licenciado del servicio militar había abandonado el domicilio familiar para instalarse en Montmartre, donde empezó a tocar el piano en Le chat noir, dejándose barba y el pelo largo. Pero también algo más. En un libro sobre Satie refería su amigo Latour: «Un día cogió sus ropas, las enrolló haciendo una pelota, se sentó encima, las arrastró por el suelo, las pisó, las empapó con toda clase de líquidos hasta convertirlas en puros harapos, abolló su sombrero, rompió sus zapatos, desgarró su corbata en jirones y cambió su elegante lino por espantosas camisas de franela». En 1895 recibió un regalo de siete mil francos de sus amigos de la infancia Fernand y Louis Le Monnier; fueron invertidos en pagar deudas, editar piezas y renovar el vestuario, comprándose siete trajes idénticos de pana color castaño y sombreros a juego, siendo este uniforme el que llevaría en la década siguiente, gracias al cual su círculo más íntimo le apodó «caballero de terciopelo». Ravel hubiera sido capaz de hacer todo lo que hizo Satie obligado por una pistola en la sien. Bueno, todo salvo una cosa que bien valía una bala. Marguerite Long le acompañó a muchos teatros para tocar junto a él su Concierto para piano en Sol, y de todas las singularidades que atesoraba el músico había una que le llamaba especialmente la atencion: su fijación por subir al escenario con sus zapatos de charol. «Se desesperaba ante la perspectiva de aparecer en botas, como denominaba a todos los calzados que no fueran sus zapatos preferidos». Cuenta quien fuera su más íntimo amigo, Léon-Paul Fargue, que en un importante concierto ofrecido en Chicago el compositor retrasó toda una hora el inicio al negarse a subir al escenario sin sus zapatos de gala, olvidados en la consigna del aeropuerto. 450 Preparado por Patricio Barros