Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Página 440
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
el estreno el 10 de diciembre de 1910 de La Fanciulla en el Metropolitan, y
como no disponía de metálico para comprarse otra lancha se hizo
rápidamente con dos mil dólares que pidió por estampar su autógrafo en una
cartulina gigante. Glenn Gould era bastante más humilde que Puccini en sus
pretensiones acuáticas. Como en realidad para lo único que quería las
lanchas era para espantar los peces en el lago Simcoe eligió dos de tamaño
reducido y las llamó Arnold S. y Alban B.
Coleccionando extrañezas
También puede y debe abrirse un suculento apartado para los coleccionistas.
¡Los había de todos los sabores, texturas y colores! El tenor italiano Ezio
Pinza, que fue recibido como el sucesor de Chaliapin, tenía obsesión por los
antiguos anillos romanos con un pequeño dispositivo para el veneno. A
Ferruccio Busoni le dio por coleccionar ediciones príncipe de Liszt. En una
entrada de su diario escrita en París el 2 de mayo de 1901 (37 años) leemos:
«Todo el día cazando ediciones de Liszt. De un revendedor a otro, picoteando
direcciones,
y
logré
sorprendentes
hallazgos».
Debussy
gustaba
de
coleccionar todo tipo de objetos japoneses que iba apilando en su mesa de
trabajo. El mayor salto de altura lo daba un sapo de porcelana que él
defendía como su acicate más fetichista, hasta el punto de llevarlo consigo
cada vez que se mudaba, alegando no poder trabajar si no lo tenía a la vista.
Lo llamó Arkel. Cuenta Dolly Bardac, hija de su segunda mujer, Emma:
«Nunca se separó de un sapo grande de madera, un adorno chino llamado
Arkel, que estaba sobre su mesa; se lo llevaba aun cuando salía de viaje. Al
respecto, encontré un pedazo de papel en el que Debussy había escrito
claramente en el momento de la partida: “No coloquen a Arkel en el baúl; no
le gusta”». Las antigüedades formaban parte de sus caprichos. Cuenta
madame Gérard de Romilly que se pasaba horas enteras en una tienda
cercana a su casa, absorto ante los más sorprendentes objetos, que elegía
con esmero y pagaba a cuenta de los honorarios de sus clases. Albéniz tenía
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Preparado por Patricio Barros