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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
Verdi sabía llevar bastante mejor las normas del decoro, pero los palos del
sombrajo se le vinieron abajo cuando coincidió por primera vez en un salón
privado con su admiradísimo Anton Rubinstein. Sucedió en Milán en 1891,
contando Verdi con setenta y ocho años y todo su bagaje musical ya creado,
salvo Falstaff. Rubinstein había dado un recital en la ciudad y Verdi se
hallaba entre el público, detalle que Rubinstein agradeció cuando lo supo,
pues su admiración por el italiano comulgaba del mismo fervor, así que le
propuso acudir a una velada íntima de piano donde, entre otras cosas, tocó
la Marcha fúnebre de Chopin. Verdi aceptó la invitación y, llegado el
momento, se sentó en el salón, montó una pierna sobre la otra y cruzó las
manos sobre la rodilla. Su compostura duró hasta ahí, porque con los
primeros compases empezó a hipar y, a mitad de la pieza, el flemático Verdi
se echó a llorar desconsoladamente, hasta el punto de tener que abandonar
la estancia. Se le olvidó sobre la silla su pañuelo, «quizá como recuerdo de
un día en que empecé a hacerme viejo». No tuvo esa consideración para con
el ruso el diabólico Wagner cuando este le invitó a su casa en la tarde del 21
de diciembre de 1879 (W: 66, R: 50). Según recogió Cosima en su Diario,
Rubinstein se sentó al piano y, dado su errático sentido de la cortesía, siendo
como era incapaz de limitarse a tocar alguna pieza breve o un popurrí ligero
de piezas, se desató con lo más liviano que encontró a mano, en concreto la
Sonata nº 31, Op. 110, de Beethoven. De principio a fin. Wagner conocía
sobradamente la abstracción del ruso cuando forcejeaba con el instrumento,
así que quien lloró fue Cosima, pero de risa cuando vio cómo su marido se
tiraba al suelo y llegaba gateando hasta sus pies para besarlos, regresando
después a su sofá donde se valió de la mímica para sentenciar: «No se ha
enterado de nada».
Erik Satie tampoco solía enterarse de casi nada, más en concreto de la
evolución de la ciencia, cuyos avances contemplaba con la misma curiosidad
que el avance de una berlina por las calles de París o de un coleóptero por el
tallo de una planta. En fin, lo que le ocurría a Satie es que, al llevar todo su
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Preparado por Patricio Barros