Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 427

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron Verdi sabía llevar bastante mejor las normas del decoro, pero los palos del sombrajo se le vinieron abajo cuando coincidió por primera vez en un salón privado con su admiradísimo Anton Rubinstein. Sucedió en Milán en 1891, contando Verdi con setenta y ocho años y todo su bagaje musical ya creado, salvo Falstaff. Rubinstein había dado un recital en la ciudad y Verdi se hallaba entre el público, detalle que Rubinstein agradeció cuando lo supo, pues su admiración por el italiano comulgaba del mismo fervor, así que le propuso acudir a una velada íntima de piano donde, entre otras cosas, tocó la Marcha fúnebre de Chopin. Verdi aceptó la invitación y, llegado el momento, se sentó en el salón, montó una pierna sobre la otra y cruzó las manos sobre la rodilla. Su compostura duró hasta ahí, porque con los primeros compases empezó a hipar y, a mitad de la pieza, el flemático Verdi se echó a llorar desconsoladamente, hasta el punto de tener que abandonar la estancia. Se le olvidó sobre la silla su pañuelo, «quizá como recuerdo de un día en que empecé a hacerme viejo». No tuvo esa consideración para con el ruso el diabólico Wagner cuando este le invitó a su casa en la tarde del 21 de diciembre de 1879 (W: 66, R: 50). Según recogió Cosima en su Diario, Rubinstein se sentó al piano y, dado su errático sentido de la cortesía, siendo como era incapaz de limitarse a tocar alguna pieza breve o un popurrí ligero de piezas, se desató con lo más liviano que encontró a mano, en concreto la Sonata nº 31, Op. 110, de Beethoven. De principio a fin. Wagner conocía sobradamente la abstracción del ruso cuando forcejeaba con el instrumento, así que quien lloró fue Cosima, pero de risa cuando vio cómo su marido se tiraba al suelo y llegaba gateando hasta sus pies para besarlos, regresando después a su sofá donde se valió de la mímica para sentenciar: «No se ha enterado de nada». Erik Satie tampoco solía enterarse de casi nada, más en concreto de la evolución de la ciencia, cuyos avances contemplaba con la misma curiosidad que el avance de una berlina por las calles de París o de un coleóptero por el tallo de una planta. En fin, lo que le ocurría a Satie es que, al llevar todo su 427 Preparado por Patricio Barros