Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 426
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
empleó el regalo de Berlioz en colgar el camisón de su esposa o para señalar
distraídamente a sus hijos las constelaciones en un mapa estelar de dos
dimensiones. Lo que sí sé es que cuando Stravinski descubrió por fin el
retrato que Picasso le pintó en Roma en 1917 se puso a palmotear como un
niño, dado que además aquel cúmulo de irregularidades lineales venían a
coincidir rigurosamente con el original. El caso es que tan sospechoso fue el
original como la copia para la policía italiana cuando el compositor lo
transportó enrollado bajo el brazo camino a Suiza, en cuya frontera se le dio
el alto, negándose en redondo las autoridades a creer que aquello fuera su
retrato, «sino más bien un plano», contaba él mismo en sus Crónicas. «Sí,
claro —contestó el músico—, es el plano de mi cara, pero nada más».
Cuando los policías miraron más detenidamente el rostro del Stravinski que
les hablaba y descubrieron en él aquel juego de bulbos comprendieron que
tenía razón y le devolvieron aquel futuro pasaporte de un millón de dólares.
Es fácil imaginar que Mozart se llevaría la palma en la catalogación de los
caracteres infantiloides. Superada ya la treintena de vida el hombrecito se
olvidaba de que la etiqueta social no admitía una talla más grande, de forma
que, o se llevaba con apostura el traje, o lo mejor era quedarse colgado en
casa. El caso es que Wolfie nunca hizo ni lo uno ni lo otro. Karoline Pichler
cuenta cómo estaba sentada en una reunión tocando al piano el Non più
andrai, de Las Bodas de Fígaro, cuando Mozart se le unió a la banqueta y en
la parte alta del teclado empezó a arrancar variaciones de tal belleza que
dejó a los presentes sin aliento, momento en el que, de pronto, dictando el
pudor la norma a seguir, optó por el descarrío: «Sin embargo aquello le
aburrió —afirmaba la señora Pichler—; se levantó y, al igual que solía hacer
cuando le asaltaba la inspiración, empezó a hacerse el gracioso, saltando
sobre las mesas y divanes; maullando como un gato y haciendo una cabriola
tras otra como un niño travieso».
La inocencia, esa hija bastarda de una corchea y un calderón
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Preparado por Patricio Barros