Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 421

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron pero hablando de músicos la geolocalización está clara. Al gran tenor wagneriano Lauritz Melchior le tiraba tanto lo de jugar a las cartas que en más de una ocasión se le vio desplazarse imperceptiblemente en el escenario hacia las candilejas cuando las grandes representaciones wagnerianas le obligaban a permanecer de pie largo rato, seguramente para hacer timba con los tramoyistas, que le esperaban en algún cuartucho. En aquella época Melchior ya no tenía más mieles que saborear: todo lo había cantado, todo lo había ganado y todo lo había visitado, así que de soltar la voz en los escenarios pasó a practicar la siesta a pierna suelta, sin distinguir si se trataba de un ensayo o de una función. En una representación de Tristán e Isolda la cosa se le fue de las manos. Hacía el papel de Isolda la soprano Kirsten Flagstad cuando, extática en pleno Liebestod, advirtió horrorizada no que Tristán estaba muerto (algo previsible), sino que Melchior estaba dormido, y roncando por añadidura, por lo que tuvo que darle un meneo para devolverlo a la vida real. Pero si el amor llevaba a hacer locuras, la admiración llevaba a perseguir el delito… ¡para montarse en su grupa! La que Alban Berg sentía por Mahler no se podía explicar con palabras, por eso llevaba con rigor la máxima de Wittgenstein de que aquello sobre lo que no se puede hablar vale más guardar silencio, así que ni susurró siquiera cuando tras el estreno vienés de la Cuarta sinfonía se metió de incógnito en el camerino del director y robó su batuta como trofeo. Dúos muy dinámicos Esto de las batutas ejercía al parecer un hechizo especial. Doce años después de coincidir en la Villa Médicis, tras ganar sus correspondientes Prix du Rome, volvieron a verse Berlioz y Mendelssohn y decidieron intercambiar sus batutas como muestra de la recíproca admiración que se profesaban. Dado que en la Villa estaba prohibido hacer el indio, a Berlioz le había quedado una espinita clavada en el corazón, así que envió a su colega una batuta un 421 Preparado por Patricio Barros