Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 422

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron tanto tosca acompañada de una nota: «¡Al director Mendelssohn! ¡Gran jefe! Nos hemos comprometido a intercambiarnos nuestros tomahawks; ¡aquí está el mío! Es basto y grosero; el tuyo, sencillo; sólo las squaws (mujeres) y los rostros pálidos (europeos) gustan de las armas ornamentadas. ¡Sé mi hermano!». Supongo que el serio Mendelssohn se perdió entre tanta retórica y, por suerte para el francés, el carcaj del alemán sólo iba lleno de música. Con quien Berlioz hubiera jugado sin problemas a los tomahawks hubiera sido con el infantiloide Schubert, para quien, a diferencia del autor del Eclesiastés, no había un tiempo para reír y otro para llorar, sino un tiempo para gastar bromas y otro para cobrarlas, y ahí se quedaba para él la cuestión antropológica más enjundiosa. En 1818, cumplidos ya los veintiún años, compartía techo en Viena con su buen amigo el poeta Mayrhofer, fabuloso compañero de juegos, uno de los cuales consistía en abalanzarse sobre el compositor con una especie de bayoneta al tiempo que le gritaba con risa estentórea: «¿Qué haces aquí? ¡Voy a atravesarte, bellaco!». Schubert reaccionaba como un valiente, separándose de él y buscándole sitio en el Arca de Noé: «¡Orangután, orangután! ¡Escritor salvaje!». También formaban un buen equipo Borodin y Rimski-Korsakov, pero como cuando se hicieron amigos ya estaban casados no necesitaron programar salidas a los arrabales, como les ocurrió a Rubinstein y a Stravinski, así que optaron por jugar a algo tan inofensivo como a policías y ladrones. El de la porra sería Rimski y el del traje a rayas Borodin. Todo tiene una explicación, y es que si había una encarnación de la pereza para componer en el grupo de Los Cinco ese era el de las Danzas del príncipe Igor. Su naturaleza estribaba en que, así como la cabra tira al monte, Borodin tiraba a las probetas, lo que era objeto de permanente lamentación por los otros cuatro, con lo que Rimski decidió adoptar la iniciativa de salvar al quinto a toda costa. En la década de los setenta del siglo XIX se hallaba recién casado e instalado en un piso que daba a la Facultad de Medicina de San Petersburgo, 422 Preparado por Patricio Barros