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Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
ensayos de sus óperas, recordando muy especialmente uno del Tristán en
Múnich:
Si un pasaje difícil salía particularmente bien saltaba de su
asiento, abrazaba o besaba al cantante con cariño del puro
gozo que sentía, se ponía en un sofá cabeza abajo con los pies
para arriba, se agachaba y se metía debajo del piano, o
saltaba sobre este, corría al jardín y trepaba alegremente a un
árbol.
Pero a Wagner no sólo le entraba el baile de San Vito por culpa de un pasaje
musical; le ocurría lo mismo con la belleza de una mujer, y en esos casos
podía suplantar perfectamente a un mono en el zoo de Zúrich y pasar
completamente desapercibido para todos. Residiendo en Tribschen (Lucerna)
en 1869 recibió la visita de Judith Gautier (hija del escritor Téophile) y su
marido. La insufrible belleza de la mujer le trastornó el juicio, que él creía
perfectamente conservado a la edad de cincuenta y seis años. El caso es que
desplegó ante ellos todas sus habilidades, entre ellas y como por descuido,
las musicales. Así es como los sentó en un sofá y ejecutó al piano parte de
su reciente ópera Sigfrido, después los trasladó al jardín y allí se columpió
ante ellos con impulsos exagerados, para, por último, trepar por el lateral de
la casa utilizando salientes y dinteles hasta llegar al balcón del primer piso,
desde donde los saludó triunfal. No contento con aquel despliegue de
facultades se habituó a escribir a Judith cartas con aparatoso estilo donde no
hablaba, como Mozart, de la hora bruja a la que había pasado por el retrete,
pero sí de abrazos, sentimientos y amor. Aclarar que aquella locura nunca
fue correspondida por la señora Gautier.
Anton Bruckner era la candidez personificada. Es difícil encontrar respuesta a
la paradoja que concita en el mismo hombre la creación de su grandiosa
Séptima sinfonía y la reducción de su capacidad que se vio en 1881,
contando cincuenta y siete años, cuando tras el fracaso de su Tercera
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Preparado por Patricio Barros